Creo que en eso se basa el orgullo de ser hincha de Boca: en las gargantas rotas. Mirá que he visto pobres imitaciones en otras canchas de lo que la hinchada de Boca produce, la furia aquella que escuece en la Bombonera y se hace eco el mundo. Pero nada igual, nada siquiera similar. Las imitaciones fallecen en el punto de inflexión de la realidad. Porque la realidad es que las deidades jamás serán entendidas y el fenómeno que es el hincha de Boca nunca podrá alcanzarse. Inténtenlo, por favor se los pido, para que confirmen mis palabras. Ni siquiera en una final de Libertadores más arreglada que no sé. Los hinchas son fríos y las manos suben y bajan sin emoción, sin vida, como si estuvieran cantando una canción, a pulmón, es cierto, pero sin aquella característica sobresaliente de Brandsen 805, sin aquella entrega y devoción que se detona con cada cántico pronunciado. No es la canción ni las gargantas que la entonan lo que da vida a la mística: es el alma que cada canción y garganta procede a describirse. Porque el hincha de Boca se cansó hace rato de no poder explicar lo que el sentimiento peregrina en su sangre y por eso se desvive por hacerlo allí, en un estadio-templo que es todo para él y le brinda la oportunidad de expresarse. Vení, bostero, enloquecido ser humano compuesto por pasiones inenarrables, vení, parate sobre mis butacas, yo no me enojo, de hecho me gusta, me siento completa, dale, coreá, gritá y rugí. Te juro que es la mejor forma de hacerme vivir y es la mejor forma de vida que conocerás jamás. Las venas quieren explotar pero aguantan, como pueden, allí apretadas, tolerando (sin tolerancia pero consciente de que algunas cosas van más allá del deseo egoísta) el cúmulo de bramidos de batalla y cólera sierva del frenesí. Y un estadio se mueve. Y un estadio hace mover. Las gargantas rotas, gargantas que siguen gritando a pesar de la voz quebrada, porque es irrelevante, porque el unánime himno se escucha con sublimidad. Porque Boca es sublime y porque Boca es todo lo que está bien, lo que nos hace bien y lo que hará bien. Me entristece que muchos son y serán incapaces de entenderlo; realmente me entristece. Siento pena, pero no maligna, sino humana. Pena porque no podrán formar parte de la Bombonera como yo lo hago y pena porque no podrán formar parte de la belleza de vivir. Pena porque son muertos vivos y porque se asesinan a sí mismos en su inquietud por destrozarnos y matarnos a nosotros también. Pero estamos más allá. Más allá de ellos y de todo. Siempre más allá. Siempre más acá. Siempre Boca.
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3 oct 2015
12 jun 2015
DALE BO
Libertad. La conseguimos, la tenemos, somos libres, expulsamos toneladas de pasiones reprimidas, hacemos que viva un corazón desgastado, pisado, gris, coloreamos las venas de ciudades olvidadas, pintamos el cielo que escupe lluvias y repliega tormentas. Respiramos el oxígeno por el que otros pagan, adictos a la locura que no es ilegal, drogadictos de Boca Juniors, la aspiramos a diario, la palpamos en nuestro pecho, nos embriagamos con su imagen. Qué locura todo, qué hermosura es esto. Y las ratas quieren hacerse con las sobras, masticándonos, pero no pueden, porque somos muy grandes, porque estamos más allá de todo, más allá de cualquier cosa que se haya establecido con antelación, más allá de propósitos sucios y mafiosos que manchan historias conmovedoras. Porque Boca conmueve, porque Boca despliega lo que somos, lo que nos compone, Boca es eso que nos hace falta, y lo que nos hace falta es todo, porque el sentido escapa, porque el motivo es incógnita y porque el misterio es rutina. Qué somos, por qué somos, qué seremos. Preguntas gigantes, respuestas de hombros encogidos y ceños fruncidos, divagaciones, eufemismos, nada. Nada es lo que se entiende, nada es lo que se vive. Por eso somos únicos, por eso somos odiados. Tenemos algo por el qué vivir, tenemos un motor que nos lleva adelante, siempre, en las tormentas más grises y en los océanos más profundos. No caemos nunca, la cabeza atraviesa el mar, respiramos profundo, besamos el aire, acariciamos el cielo. Boca, Boca, Boca, cómo te amo, Boca querido, qué bien me hacés, cuánto te necesito, cuánto me das, y gracias, y gracias por tanto, vos sabés que las piedras que tiran no serán capaces de derrumbarte, porque sos gigante, porque sos el templo más magnífico, porque sos la nación más gloriosa, hacedor de felicidades, de vidas, conquistador de latidos, lágrimas, sonrisas, heredero de la eternidad, gloria sos, gloria serás, y siempre iremos de la mano, Boca y el pueblo, el pueblo y Boca, porque somos uno, porque somos una sola canción, una sola pelota que se estrella contra la red y que hace emerger la locura. Necesidad insaciable, lujuria irrefrenable. Que ellos sigan tratando de tirarte abajo, que nosotros te sostenemos. Que vos nos sostenés a nosotros. Que traten, que traten, que traten... Ningún tipo de traje en un escritorio, ninguna firma, ninguna mafia, ningún hincha de Huracán... Nada podrá quebrantar lo que vos y yo tenemos, eso que se agita en la Bombonera con las miles de manos bailando vals, cuando la pelota rueda en el césped, eso que se escupe con cada grito que apuñala el aire en un solo himno inmortal. Dale Bo. Y siempre dale.
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18 jun 2014
¿Por qué será?
Sabés, yo a veces me pregunto por qué es que Boca significa tanto para mí. Más allá de todo, más allá de todo lo que siento, trato de buscarle un significado racional al asunto. Me encuentro en un limbo en el cual no puedo pisar profundo y decidir en concreto por qué lado debo inclinarme, si por la pasividad y la aceptación de lo indescriptible, o el empeño y la terquedad de saber qué es.
Bien. Sé lo que es, y sin embargo, no sé cómo describirlo. Lo sé porque lo siento, y lo siento porque soy hincha de Boca, por lo cual podríamos decir que todo hincha de Boca sabe de lo que le hablo. Cuando de explicar lo que ser bostero conlleva se trata, nos parece absurdo el palabrerío infinito que la humanidad creó. No nos sirve. Las palabras son solo otro invento humano. Y alguno dirá que Boca también es un invento humano, y si bien lo es, nadie puede explicar a ciencia cierta el fenómeno que se expresa en las tribunas los domingos en la Bombonera. Qué es lo que nos hace gritar amor aún en el fuego, lo que nos hace gritar calor aún en el hielo. ¿Quién puede decirnos lo que realmente nos sucede?
Desistimos siempre, y lo hago yo nuevamente. El trabajo que tratamos de realizar con el afán de darle un sentido a lo inenarrable es inexorable, y de las comisuras de lo inexplicable no avanza. Nos contentamos con sentirlo. Y cuando nos damos cuenta de lo que somos en ese momento, no le damos más vueltas a la cosa: saber qué es, eso es lo único que importa, y no plasmarlo en el ambiente humano con frías palabras y meros términos. Eso no tiene relevancia. Porque cada uno somos otra cosa. Diferentes. Pero concordamos en algo, que es esencial para nuestras vidas: el bosterismo. Sí. Es ese término el que saco de la galera con la intención de dejar de lado todo aquel embrollo de palabras que, sin embargo, explicaría lo mismo que esa sola. Nada más importa; solo Boca. El fulgor, la adrenalina, la sensación de invencibilidad. El éxtasis permitido, la euforia inconmesurable, el fuego del alma. No importa lo que es; solo importa que existe. Y que lo vivimos. Porque, como dice la canción: "¿Por qué será, que te sigo a todas partes, campeón? ¿Por qué será, que no puedo vivir sin vos?". Esa es la pregunta que nos formulamos. Y, como respuesta, se escucha el verso: "Carnaval toda la vida, el Xeneize es la pasión, si no te veo se me parte el corazón". Sin nada jugado. Solo lo que sabemos.
Bien. Sé lo que es, y sin embargo, no sé cómo describirlo. Lo sé porque lo siento, y lo siento porque soy hincha de Boca, por lo cual podríamos decir que todo hincha de Boca sabe de lo que le hablo. Cuando de explicar lo que ser bostero conlleva se trata, nos parece absurdo el palabrerío infinito que la humanidad creó. No nos sirve. Las palabras son solo otro invento humano. Y alguno dirá que Boca también es un invento humano, y si bien lo es, nadie puede explicar a ciencia cierta el fenómeno que se expresa en las tribunas los domingos en la Bombonera. Qué es lo que nos hace gritar amor aún en el fuego, lo que nos hace gritar calor aún en el hielo. ¿Quién puede decirnos lo que realmente nos sucede?
Desistimos siempre, y lo hago yo nuevamente. El trabajo que tratamos de realizar con el afán de darle un sentido a lo inenarrable es inexorable, y de las comisuras de lo inexplicable no avanza. Nos contentamos con sentirlo. Y cuando nos damos cuenta de lo que somos en ese momento, no le damos más vueltas a la cosa: saber qué es, eso es lo único que importa, y no plasmarlo en el ambiente humano con frías palabras y meros términos. Eso no tiene relevancia. Porque cada uno somos otra cosa. Diferentes. Pero concordamos en algo, que es esencial para nuestras vidas: el bosterismo. Sí. Es ese término el que saco de la galera con la intención de dejar de lado todo aquel embrollo de palabras que, sin embargo, explicaría lo mismo que esa sola. Nada más importa; solo Boca. El fulgor, la adrenalina, la sensación de invencibilidad. El éxtasis permitido, la euforia inconmesurable, el fuego del alma. No importa lo que es; solo importa que existe. Y que lo vivimos. Porque, como dice la canción: "¿Por qué será, que te sigo a todas partes, campeón? ¿Por qué será, que no puedo vivir sin vos?". Esa es la pregunta que nos formulamos. Y, como respuesta, se escucha el verso: "Carnaval toda la vida, el Xeneize es la pasión, si no te veo se me parte el corazón". Sin nada jugado. Solo lo que sabemos.
7 jun 2014
Siempre fuimos Boca
Corría el año 1943. El 10 de diciembre Ferro recibía a Boca en su cancha, en un partido correspondiente al campeonato de entonces. Lo cierto es que al Xeneize se lo veía con cierto temor; no había un alma que no haya escuchado el rumor de la locura del pueblo boquense. Se hablaba de un equipo que tenía más aliento que juego; y eso lo decía todo. Por aquél entonces, el descomunal y colérico espectáculo que brindaban aquellos simpatizantes del club de La Ribera hacía estremecer hasta al anciano que todo había vivido. No había nadie que no pudiera sentir admiración o, más bien, desconcierto hacia aquella muchedumbre. Así que los de Ferro, algo temerosos, concedieron cuatro mil espacios en las tribunas a los dementes que se vestían de azul y amarillo.
Llevaban sombreros en su mayoría; era la costumbre en esa época. Blancos, y de copa baja, con una línea horizontal negra surcándolo alrededor. E iban de camisa, algunos hasta de saco y corbata. En realidad, esto era común entonces, y no había nada de extravagante; pero, si bien aparentaban ser formales y expectadores de un deporte sin más, albergaban en sus corazones un pálpito unánime y diferente: el pálpito bosterista.
El partido nació con el silbido del árbitro. ¿Cómo terminó? Ganó Boca. No me animaría a decir en concreto por cuánto, porque honestamente, es algo que escapa de lo que sé. Pero nadie le prestó atención al resultado: fue la locura que se desprendía de las tribunas lo que realmente quedó escrito en la historia. Venía, exclusivamente, del sector en donde residían los visitantes.
Los hinchas de Ferro Carril Oeste miraban, anonadados (y sintiendo el sudor corriéndoles por la frente y bajo la camisa y el saco), la función que concedía la hinchada de Boca. Todos los que estaban en lo que vendría a ser la primera fila de aquella masa encolerizada estaban colgados del alambrado, siendo escoltados por sus hermanos de sentimiento que de la misma forma, y de modo demencial, rugían con las gargantas al rojo vivo. El pueblo boquense se alzaba implacable desde las tribunas. Muchos sombreros blancos cayeron al piso, y allí quedaron sepultados. Los sacos se teñían de tierra en tanto el frenesí que se respiraba hacía revolcar a todo padeciente de aquella escena indescriptible. Pero nada importaba, la suerte ya estaba echada.
Los que se colgaban del alambrado subieron arriba, y los presiguieron los que venían atrás, colgándose de la misma manera pero en el lado inferior del alambrado. Eran demasiados. Los policías se aglomeraban enfrente de aquél show, pero ¿qué podían hacer ellos? Al pueblo boquense no lo para nadie. En vano intentaron reprimir las fuerzas infernales de la multitud xeneize, mientras que los jugadores se adentraban a los vestuarios impresionados, pero, cuando se dieron cuenta que no podían hacer nada, se hicieron a un lado. "¡Se va a caer!", gritaban por todos lados. Pero era el alarido nocivo de los bosteros quien realmente se escuchaba, impretérrito, indeclinable e inexorable. El alarido del alma. Los fotógrafos concurrían hasta donde la lógica les permitía para congelar ese momento en un pedazo de frío papel. Los locutores de radio enmudecían en tanto, interrogándose a sí mismos cómo explicar lo que estaba sucediendo en ese momento.
Y lo previsible se hizo un hecho: el alambrado cedió bajo el peso de miles de dementes que seguían bramiendo, todos vinieron abajo. Los hinchas de Ferro, que, aún cuando los policías trataban de sacarlos por la fuerza se resistían para contemplar aquella obra del paraíso, exclamaron al unísono un gemido y huyeron pavorosos. Los bosteros, que habían caído a la cancha, se levantaron con indiferencia y excesiva pasividad, ignorando los exclamidos de los policías que intentaban poner órden, se sacudieron los sacos y las camisas, se pusieron sus sombreros y, sin más, se encaminaron hacia la salida.
Al día siguiente, varios países se hacían eco de lo ocurrido en el estadio de Ferro, y El Gráfico (de donde se extrajo la imágen de arriba) expresaba:
Porque Boca siempre fue Boca. Y nunca dejó de serlo.
Llevaban sombreros en su mayoría; era la costumbre en esa época. Blancos, y de copa baja, con una línea horizontal negra surcándolo alrededor. E iban de camisa, algunos hasta de saco y corbata. En realidad, esto era común entonces, y no había nada de extravagante; pero, si bien aparentaban ser formales y expectadores de un deporte sin más, albergaban en sus corazones un pálpito unánime y diferente: el pálpito bosterista.
El partido nació con el silbido del árbitro. ¿Cómo terminó? Ganó Boca. No me animaría a decir en concreto por cuánto, porque honestamente, es algo que escapa de lo que sé. Pero nadie le prestó atención al resultado: fue la locura que se desprendía de las tribunas lo que realmente quedó escrito en la historia. Venía, exclusivamente, del sector en donde residían los visitantes.
Los hinchas de Ferro Carril Oeste miraban, anonadados (y sintiendo el sudor corriéndoles por la frente y bajo la camisa y el saco), la función que concedía la hinchada de Boca. Todos los que estaban en lo que vendría a ser la primera fila de aquella masa encolerizada estaban colgados del alambrado, siendo escoltados por sus hermanos de sentimiento que de la misma forma, y de modo demencial, rugían con las gargantas al rojo vivo. El pueblo boquense se alzaba implacable desde las tribunas. Muchos sombreros blancos cayeron al piso, y allí quedaron sepultados. Los sacos se teñían de tierra en tanto el frenesí que se respiraba hacía revolcar a todo padeciente de aquella escena indescriptible. Pero nada importaba, la suerte ya estaba echada.
Los que se colgaban del alambrado subieron arriba, y los presiguieron los que venían atrás, colgándose de la misma manera pero en el lado inferior del alambrado. Eran demasiados. Los policías se aglomeraban enfrente de aquél show, pero ¿qué podían hacer ellos? Al pueblo boquense no lo para nadie. En vano intentaron reprimir las fuerzas infernales de la multitud xeneize, mientras que los jugadores se adentraban a los vestuarios impresionados, pero, cuando se dieron cuenta que no podían hacer nada, se hicieron a un lado. "¡Se va a caer!", gritaban por todos lados. Pero era el alarido nocivo de los bosteros quien realmente se escuchaba, impretérrito, indeclinable e inexorable. El alarido del alma. Los fotógrafos concurrían hasta donde la lógica les permitía para congelar ese momento en un pedazo de frío papel. Los locutores de radio enmudecían en tanto, interrogándose a sí mismos cómo explicar lo que estaba sucediendo en ese momento.
Y lo previsible se hizo un hecho: el alambrado cedió bajo el peso de miles de dementes que seguían bramiendo, todos vinieron abajo. Los hinchas de Ferro, que, aún cuando los policías trataban de sacarlos por la fuerza se resistían para contemplar aquella obra del paraíso, exclamaron al unísono un gemido y huyeron pavorosos. Los bosteros, que habían caído a la cancha, se levantaron con indiferencia y excesiva pasividad, ignorando los exclamidos de los policías que intentaban poner órden, se sacudieron los sacos y las camisas, se pusieron sus sombreros y, sin más, se encaminaron hacia la salida.
Al día siguiente, varios países se hacían eco de lo ocurrido en el estadio de Ferro, y El Gráfico (de donde se extrajo la imágen de arriba) expresaba:
"La muchedumbre de los aficionados boquenses, inquieta y pujante en su algarabía, era como un río que creció hasta desbordarse cuando lo agitó la visión del triunfo definitivo. Ni los agentes de policía pudieron contenerla; este de la foto algo debe haber sufrido".
Porque Boca siempre fue Boca. Y nunca dejó de serlo.
2 may 2014
1992: El día que el alambrado no aguantó la locura de la hinchada
20 de diciembre de 1992, Bombonera. El ambiente se palpitaba tenso, ansioso. En una Bombonera rebosante, el hincha de Boca esperaba el momento en el que los jugadores ingresen y cumplan su rol. Se vivía el nerviosismo. Y es que, en ese partido, se definía el campeón.
A Boca le alcanzaba con un empate para consagrarse después de 11 años sin haber gritado campeón. Era el Torneo Apertura del año correspondiente, y el Xeneize se enfrentaba a San Martín de Tucumán con el afán de al menos sacar un empate y sacarse la mufa de encima. Los bosteros que concurrieron a la cancha se sentían al borde del paro cardíaco. Sabían lo que estaba en juego.
El recibimiento al equipo fue caótico. Las gargantas de aquellos miles que asistieron al encuentro no gritaban; rugían. Y, una vez el árbitro pitó el silbato para dar inicio al juego, el aliento por parte del hincha fue inexorable. Llegó el 1-0 por parte del conjunto tucumano, con gol de Ricardo Solbes, y aún así, la hinchada xeneize seguía incondicional con su aliento. Y los jugadores replicaron en la cancha.
En el segundo tiempo, Benetti metió el 1-1 desatando una locura indescriptible en las tribunas. Las millones de pieles que observaban el partido por tele se erizaron. Y fue entonces cuando el árbitro dio por finalizado el encuentro. Y la hinchada... Para qué hablar, ¿no? Fue inexplicable. Todo ser humano que se encontraba en el estadio se colgó al alambrado. Gritó su locura, con un ímpetu que uno se preguntaría de dónde sacó. Pero el hincha de Boca lo entiende. Después de una década y un año, Boca fue campeón.
Lágrimas, sonrisas, gritos. El delirio del hincha, que convive con sentimientos indescriptibles a lo largo de la semana, que se van tensando con la cuenta regresiva que determina el momento de volver a apreciar a su Boca querido, fue excepcional. Los jugadores de Boca se les arrimaron para gritar con ellos la alegría que embargaba al pueblo boquense. Éstos se colgaron del alambrado, junto a los hinchas. Y en toda esa locura, fue cuando el alambrado cedió.
Los hinchas cayeron a la cancha, y los policías se acercaron rápidamente. Pero el hincha no tenía ganas de insultarlos, el hincha no tenía ganas de armar quilombo; el hincha tenía ganas de festejar. Los jugadores se cubrieron bajo el arco, y desde allí festejaron junto a ellos. El pueblo de Boca era feliz. El alambrado, un pedazo de alambre que no pudo hacer nada con la locura de miles, yacía inútil en el suelo, en tanto que los cientos de hinchas que cayeron sobre él les agradecían a los jugadores.
Algunos hinchas invadieron la cancha y abrazaron los jugadores. De los que estaban colgados del alambrado, Giuntini fue el que más la sufrió: su ojo era un baño de sangre. Aún así, en tanto venían los de primeros auxilios y lo llevaban en la camilla, el jugador levantó la mano haciendo entender que estaba bien. Era un caos. La locura, plasmada en la realidad de lo cotidiano. Los hinchas, que quedaron aún colgados del alambrado pero que fueron amortiguados por el travesaño del arco, seguían gritando desde allí. Los jugadores se refugiaban bajo el arco y festejaban con ellos.
Este fue el día en el que lo que es Boca quedó referenciado con claridad. Situaciones extremas, que sobrepasan cualquier acto de humanidad. La locura de Boca no tiembla ante nada. Lo maravilloso, lo que uno no puede explicar. Eso es Boca. Y todo el mundo lo sabe.
Fuente: Imborrable Boca, Historia de Boca.
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A Boca le alcanzaba con un empate para consagrarse después de 11 años sin haber gritado campeón. Era el Torneo Apertura del año correspondiente, y el Xeneize se enfrentaba a San Martín de Tucumán con el afán de al menos sacar un empate y sacarse la mufa de encima. Los bosteros que concurrieron a la cancha se sentían al borde del paro cardíaco. Sabían lo que estaba en juego.
El recibimiento al equipo fue caótico. Las gargantas de aquellos miles que asistieron al encuentro no gritaban; rugían. Y, una vez el árbitro pitó el silbato para dar inicio al juego, el aliento por parte del hincha fue inexorable. Llegó el 1-0 por parte del conjunto tucumano, con gol de Ricardo Solbes, y aún así, la hinchada xeneize seguía incondicional con su aliento. Y los jugadores replicaron en la cancha.
En el segundo tiempo, Benetti metió el 1-1 desatando una locura indescriptible en las tribunas. Las millones de pieles que observaban el partido por tele se erizaron. Y fue entonces cuando el árbitro dio por finalizado el encuentro. Y la hinchada... Para qué hablar, ¿no? Fue inexplicable. Todo ser humano que se encontraba en el estadio se colgó al alambrado. Gritó su locura, con un ímpetu que uno se preguntaría de dónde sacó. Pero el hincha de Boca lo entiende. Después de una década y un año, Boca fue campeón.
Lágrimas, sonrisas, gritos. El delirio del hincha, que convive con sentimientos indescriptibles a lo largo de la semana, que se van tensando con la cuenta regresiva que determina el momento de volver a apreciar a su Boca querido, fue excepcional. Los jugadores de Boca se les arrimaron para gritar con ellos la alegría que embargaba al pueblo boquense. Éstos se colgaron del alambrado, junto a los hinchas. Y en toda esa locura, fue cuando el alambrado cedió.
Los hinchas cayeron a la cancha, y los policías se acercaron rápidamente. Pero el hincha no tenía ganas de insultarlos, el hincha no tenía ganas de armar quilombo; el hincha tenía ganas de festejar. Los jugadores se cubrieron bajo el arco, y desde allí festejaron junto a ellos. El pueblo de Boca era feliz. El alambrado, un pedazo de alambre que no pudo hacer nada con la locura de miles, yacía inútil en el suelo, en tanto que los cientos de hinchas que cayeron sobre él les agradecían a los jugadores.
Algunos hinchas invadieron la cancha y abrazaron los jugadores. De los que estaban colgados del alambrado, Giuntini fue el que más la sufrió: su ojo era un baño de sangre. Aún así, en tanto venían los de primeros auxilios y lo llevaban en la camilla, el jugador levantó la mano haciendo entender que estaba bien. Era un caos. La locura, plasmada en la realidad de lo cotidiano. Los hinchas, que quedaron aún colgados del alambrado pero que fueron amortiguados por el travesaño del arco, seguían gritando desde allí. Los jugadores se refugiaban bajo el arco y festejaban con ellos.
Este fue el día en el que lo que es Boca quedó referenciado con claridad. Situaciones extremas, que sobrepasan cualquier acto de humanidad. La locura de Boca no tiembla ante nada. Lo maravilloso, lo que uno no puede explicar. Eso es Boca. Y todo el mundo lo sabe.
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Fuente: Imborrable Boca, Historia de Boca.
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22 abr 2014
¡Eterna locura!
¡Que no se apague la bengala, señor! ¡Esto no termina acá! Fíjese, el referí pita el silbato, y los jugadores se adentran a los vestuarios, ¡pero la fiesta continúa! ¡Hoy, mañana, siempre! ¡Somos Boca, señor, cante con nosotros! Tome, acá tengo una bengala más, aférrela como si de su alma se tratase, no la suelte por nada del mundo, que entre la oscuridad, esta es nuestra única luz. Observe la luna. ¿No le parece hermosa? La NASA te la pinta de blanco, ¡pero es dorada! ¡Amarilla, bañada en oro, como la franja que surca el campo azul en la camiseta que llevamos ambos puesta! ¿La ve con atención? ¿Se da cuenta de la coincidencia? ¡El cielo es azul, también! Linda combinación, ¿no le parece? Y hasta que la luna ilumine, y el anochecer la custodie, esta locura seguirá inexorable. ¡Álce la bengala, señor, que se va a prender fuego la casaca! ¡Bien en alto! Y ahora, ¿se da cuenta de lo que emana de ella? No es humo, no es ningún producto artificial que padeció ante la mano del hombre... ¡Es nuestro espíritu, nuestro corazón permanente, su palpitar constante, el delirio que perdura! ¿Advierte cómo se adhiere a la oscuridad del cielo, impregnando el aire, estando entre nosotros, obligándonos a hincar la rodilla ante su frenesí? ¡Nos vuelve locos! ¡No la suelte! ¡Agárrela con determinación! ¡Sirvámos a lo indescriptible, que después de estas paredes, nos confundimos entre lo marchito y perdido de la humanidad! ¡Este es nuestro mundo, acá permanecemos! Alce la mirada. Más allá de su bengala. ¿Visualiza a la luna, una pelota amarilla en medio del azul? Y se va deslizando ante la eternidad, ¿lo ve? Se escapa de nosotros, pero vuelve, siempre vuelve. No puede ser de otra forma. Pero, ¡mire bien! Ahora la sustituye otro dios. El sol. Brilla, con más intensidad que a la que sustituyó. Amarillo. Oro. Siempre así. Y el cielo se tiñe de un azul más piadoso, azul francia si quiere llamarlo con criterio. Pero, aún así, los colores se mantienen: azul y oro. Por la eternidad. ¡Su bengala no brilla más! ¡Es el día, el atardecer nos quema el cuello! ¡Las volutas de humo no destellan entre la oscuridad, porque ésta se consumió! El sudor recorre su frente. Siente la garganta seca, de tanto gritar amor, de tanto cantar aliento. Así que, con suavidad, con respetuosidad, quítese la camiseta. ¡Con cuidado, dije! Así, muy bien. Y ahora, con brusquedad pero cariño (contradictorio para quien no sea digno), ¡flameéla! ¡Como si de una bandera de tratara! ¡Representa su latido sentimental, sus emociones inexplicables, ríndale honor! El escudo susurra entre la confusión de colores azules y amarillos. ¡Y dése cuenta de dónde se encuentra parado! ¡Está en la Bombonera! Fíjese la arquitectura, el diseño, el césped verde, los colores, estudie todo, que no se lo olvidará jamás. Esta es su casa, éste es su paraíso. La representación física de sus sentimientos desconocidos e insostenibles. ¡Pero no deje de agitar la camiseta! ¡La fiesta no termina, le dije! Y ahora, si es digno lo verá... ¿Se da cuenta de entre quiénes están? No, no nos encontramos solos... Somos millones. Somos hermanos, familia, sangre compartida, sueños difundidos, miradas cruzadas, pensamientos en segundo plano, sentimientos como escudos. Escuche su corazón. Y ahora, escuche el corazón de todos. Sí, es unísono. Un pálpito cronometrado. Compartimos vida, compartimos muerte. Compartimos todo. Nuestra esencia, nuestra persona. Somos uno afuera de acá, pero todos adentro. Y todos somos uno. Su lugar en el mundo. ¿Es cristiano? No me lo diga, no hace falta. La religión de cada uno de nosotros es irrelevante. ¿Cree en la reencarnación? ¿No? No tiene importancia, porque muertos todos volvemos acá. Todos somos dignos. Advertirá, seguramente, que usted no es el único que sacude su camiseta. Todos lo hacemos. Inclusive yo. Y el sol se esconde, nace el crepúsculo, amanece la noche, la luna se impone, y sus estrellas titilan. Vuelve lo de antes, lo de siempre. Aquí tiene su bengala, permítame que se la prenda. Ahora, álcela bien en alto. Que la bengala acompañe la noche. Y grite. Cante euforia. Este pueblo siempre es feliz. Póngase nuevamente la casaca, con orgullo, bese el escudo, sienta los colores. Y acostúmbrese, que de esto no se escapa. Somos sirvientes, fundamentalistas de lo olvidado, las pasiones desconocidas. Siempre será así. Boca siempre será así. Usted, yo, eternamente así. La muerte es una fantasía. La vida también. Esto es lo único que existe. Y esto, no muere nunca.
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13 feb 2014
Ajeno al silencio
El silencio no caracteriza a Boca. Nunca lo hizo, y nunca lo hará. El famoso Silencio Atroz que sigue vigente en el fútbol argentino, de parte de muchos equipos, entre ellos el destacado infiel River Plate, nunca sedujo a Boca. Ni mucho menos a su hinchada. Ésta se mantuvo siempre inflexible con respecto a su posición de incondicional. En las malas permanece de pie, gritando con todas sus ganas, mientras las llamas arden debajo. A pesar del resultado, explota desde las tribunas ese gigante sin nombre, con miles de rostros, miles de corazones, miles de almas, pero siempre esclavo de una misma pasión. El fundamento de su fidelidad inquebrantable tiene que ver con este mismo sentimiento, que llena a toda esa multitud, los encoleriza, sentimiento abrasador como fuego inagotable. Y este fuego los consume a todos, prendidos de amor chocan unos con otros, se abrazan, expresan lo que por sus venas corre, siempre felices, aunque la razón no parezca definida, ellos eternamente sonríen alegres, felicidad que contagia dos colores abrazados en una misma camiseta, escudo completo de estrellas doradas como el oro que antaño se conquistó con sangre. Así son los hinchas de Boca Juniors.
Pero vuelve a intervenir una fuerza que amenaza con ser igual de poderosa que la pasión que desprende esa multitud. Esto no es así, los hinchas lo saben, pero respetuosos, pretendiendo que no se toque al club que aman, obedecen. Sin rechistar. Vuelven todos a sus respectivas casas, pero el insomnio posee a cada uno de ellos. No pueden dormir, y le sirven todos a un mismo delirio, que amenaza con estallar de un momento para otro. Se levantan de sus camas y caminan de acá para allá, se sientan en el sofá, prenden la tele pero no pueden escapar de esa guerra que se desata en el corazón de cada uno. Repentinamente, son conscientes de cómo laten sus corazones, visualizan la sangre que circula por sus venas. Y nada de rojo: esta sangre es azul y amarilla. Se ponen de pie, se miran al espejo y observan a sus ojos delirantes devolviéndoles la mirada. Necesitan alentar. Necesitan volver a rendirle pleitesía a su pasión. No van a permitir que una mera organización les prohíba amar.
Y saben lo que tienen que hacer.
Se reúnen todos en el barrio de La Boca, el barrio en donde esa pasión se siente con más ahínco. Una vez todos concuerdan con lo propuesto, vuelven a sus hogares, esta vez con una sonrisa en sus rostros. La conformidad de todos los hinchas xeneizes se debe a que, finalmente, van a poder volver a gritar, expulsar todas esas emociones que se ciernen en sus corazones todos los días de todos los años. Si bien no van a poder volver a ver a su amor, al menos se contentan con saber que éste recibirá su aliento incondicional. Si un resultado no para esta pasión, menos lo hará una asociación.
Los incondicionales vuelven a hacer historia. El domingo, poco antes de que empiece el partido ante Belgrano, los hinchas del club Xeneize irán afuera de la Bombonera, y desde allí alentarán. Cumpliendo con la sanción decidida por la AFA, como consecuencia de la fiesta que la hinchada había hecho en la última fecha del torneo pasado, los fieles no podrán ingresar a las tribunas, pero se conforman pensando que el aguante al club le llegará de todos modos. Por ello, Boca Juniors jugará el domingo sin público, pero no sin aliento.
Y es que el silencio no le corresponde al hincha de Boca. El aguante está siempre. En todos lados. A pesar de todo.
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Pero vuelve a intervenir una fuerza que amenaza con ser igual de poderosa que la pasión que desprende esa multitud. Esto no es así, los hinchas lo saben, pero respetuosos, pretendiendo que no se toque al club que aman, obedecen. Sin rechistar. Vuelven todos a sus respectivas casas, pero el insomnio posee a cada uno de ellos. No pueden dormir, y le sirven todos a un mismo delirio, que amenaza con estallar de un momento para otro. Se levantan de sus camas y caminan de acá para allá, se sientan en el sofá, prenden la tele pero no pueden escapar de esa guerra que se desata en el corazón de cada uno. Repentinamente, son conscientes de cómo laten sus corazones, visualizan la sangre que circula por sus venas. Y nada de rojo: esta sangre es azul y amarilla. Se ponen de pie, se miran al espejo y observan a sus ojos delirantes devolviéndoles la mirada. Necesitan alentar. Necesitan volver a rendirle pleitesía a su pasión. No van a permitir que una mera organización les prohíba amar.
Y saben lo que tienen que hacer.
Se reúnen todos en el barrio de La Boca, el barrio en donde esa pasión se siente con más ahínco. Una vez todos concuerdan con lo propuesto, vuelven a sus hogares, esta vez con una sonrisa en sus rostros. La conformidad de todos los hinchas xeneizes se debe a que, finalmente, van a poder volver a gritar, expulsar todas esas emociones que se ciernen en sus corazones todos los días de todos los años. Si bien no van a poder volver a ver a su amor, al menos se contentan con saber que éste recibirá su aliento incondicional. Si un resultado no para esta pasión, menos lo hará una asociación.
Los incondicionales vuelven a hacer historia. El domingo, poco antes de que empiece el partido ante Belgrano, los hinchas del club Xeneize irán afuera de la Bombonera, y desde allí alentarán. Cumpliendo con la sanción decidida por la AFA, como consecuencia de la fiesta que la hinchada había hecho en la última fecha del torneo pasado, los fieles no podrán ingresar a las tribunas, pero se conforman pensando que el aguante al club le llegará de todos modos. Por ello, Boca Juniors jugará el domingo sin público, pero no sin aliento.
Y es que el silencio no le corresponde al hincha de Boca. El aguante está siempre. En todos lados. A pesar de todo.
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26 ene 2014
Ese cántico que me gusta...
Una vez, hace ya tiempo, un amigo me preguntó, con cierta aprensión: "¿Cuál es el canto de 'La 12' que más te gusta?". Me tomé un tiempo para responder, claro, demasiados versos volaron volátilmente por mi cabeza, desde el "Boca, Boca de mi vida" y su especialidad para erizar la piel, hasta el "Soy del barrio de La Boca, y siempre te voy a seguir, en las malas a todas partes, las buenas ya van a venir", acompañado de esa curiosa sensación de felicidad inquebrantable. Sin embargo, la canción que determiné como "mi preferida" fue la de "Bostero soy, y Boca es la alegría de mi corazón". Fue ese cántico que le confesé a mi amigo como la que más me gusta. Él asintió, como si hubiese previsto la respuesta. Después de todo, este cántico es uno de los más conocidos entre la hinchada boquense.Sin embargo, él no entendió el porqué la elegí.
La famosa melodía tiene un significado aparte para mí, o al menos lo escucho de manera diferenciada a la mayoría de hinchas de Boca. Para muchos, el primer verso ("Bostero soy, y Boca es la alegría de mi corazón, sos mi vida vos sos la pasión, más allá de toda explicación") resulta un significado escueto, cuando para mí, en mi cabeza y corazón, tiene una definición un tanto más filosófico. Sí. Ser bostero es la felicidad eterna, la alegría de mi corazón, y de estas palabras poco hay para profundizar. Sin embargo, el "más allá de toda explicación" me intriga. Es una forma breve de sintetizar muchas expresiones y embrollo de explicaciones que, al fin y al cabo, describirían lo mismo que esa frase de cinco palabras. Es una manera concisa que te dice, con los hombros fruncidos pero una sonrisa resplandeciendo en el rostro: "Qué querés que te diga, no puedo explicarte lo que es, sólo sé que lo siento y que me hace la persona más feliz del mundo".
Luego nos encontramos con la estrofa que expresa, "y a mí no me interesa en qué cancha jugués, local o visitante yo te vengo a ver", que representa esta compañía por parte de la pasión hacia lo físico. Cuando lo palpable se relaciona con lo abstracto, la vida tiende a originar un nuevo punto de vista entre los millones de corazones palpitantes que habitan en el mundo. De repente, uno siente lo que muchos no comprenderían sencillamente, y el vivir pasa a tener un nuevo sentido. Un verdadero sentido. Pero para mí no expresa literalmente "local o visitante yo te vengo a ver", si no más bien define el vínculo que existe entre club e hincha, y el empeño de este último en ir adónde el club juegue, a pesar de que en cuerpo no vaya, a pesar de la impotencia, el hincha va a verlo en latido, en palpitar, lo va a ver en alma. De la forma que sea. No lo ve simplemente a través de una pantalla.
Y luego pasamos al último verso, que reza: "Ni la muerte nos va a separar, desde el cielo te voy a alentar". Fueron estas palabras las que me inspiraron a escribir esto. Acá nos adentramos en la religión (por la parte de "desde el cielo"), pero también, para aquellos ateos existentes, tiene un significado también diferente. "El cielo" es una manera de decir "no me importa si estoy vivo o muerto, mientras vos estés vivo, yo voy a estar ahí". Es este verso el que me impulsa todos los días a sonreír, a pesar de que el motivo de la sonrisa no diga presente. Porque los religiosos saben, o se aferran a la esperanza, que luego de la vida, o más bien luego de la muerte, hay algo. Sin embargo, el ateo se despega de toda creencia, él es un ser racional, y muchas veces llega a caer en la depresión de su propia mente, que le asegura que no hay nada post muerte. Esta frase significa mucho para todos los hinchas de Boca. Es esta frase la que nos une a todos, la que expresa el sentimiento que nos relaciona a pesar de ser distintos unos de otros y tener un pensamiento definido y no necesariamente compartido. Si bien las diferencias físicas y emocionales, es este verso el que nos hace bosteros. Porque todos, luego de la muerte, venimos acá otra vez a alentar en espíritu, en alma. A todos nos une esto. Y nos vuelve hermanos. Nos vuelve familia.
Anoche perdimos, y nada menos que con los emplumados. Sin embargo, hay cosas más importantes que un partido, más si se trata de un amistoso. La paternidad sigue siendo la misma y el sentimiento, intocable. Y pensando en este verso, que cita "ni las muerte nos va a separar, desde el cielo te voy a alentar", pensemos todos juntos lo siguiente: Si ni la muerte nos va a separar, ¿habría de hacerlo un resultado?
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7 ene 2014
Cuando él está enfermo, Boca lo cura
El muchacho tose, indiferente. En realidad, está pensando en la última batalla que presenció, el partido que una sonrisa le sacó, el partido que felicidad le brindó. Aunque ya se le había esfumado.
Tose nuevamente. Pero es tos anímica, no se materializa en la realidad, aunque en realidad sí lo hace: se materializa en la realidad de este muchacho. Muchacho de nombre que desconozco. Al fin y al cabo, este muchacho, de corta edad, no cree que tiene un nombre determinado. A él lo llaman bostero, xeneize, hincha, boludo, loco, genio, imbécil, arrogante, y tantos términos que se me escapan de entre los dedos. Él tiene muchos nombres, hasta tiene el suyo propio, pero él se familiariza con el término "bostero". Lo acompañó desde y lo acompañará para siempre.
Este muchacho tose nuevamente. Tose para adentro, no llega a hacerlo en el aire. Con cada estremecimiento a causa de su enfermedad, la cordura se le va debilitando, los ojos se le van dilatando y la sonrisa le va desapareciendo. Es que este muchacho no sonríe ya. Se le congeló la sonrisa. Consecuencia de esa enfermedad, que pocos lo llevan para siempre, ni siquiera él, pero que tantos, tantos lo padecen.
No sabría denominar esta enfermedad. Algunos dicen que es fanatismo, otros que es locura, otros que es amor. Demasiados términos, ninguno acertado. Bosterismo es lo que él siente. Sí. Ese bosterismo que se le va extendiendo, le fluye por las venas como sangre roja, sólo que no llega a ser un líquido como la sangre, ni sólido como el corazón. Tampoco es gaseoso. No es una sustancia, no es un elemento, un material al cual el ser humano se apega. Es... algo más.
"Indescriptible", piensa este muchacho. Y lo piensa, le da vuelta a esa palabra. "Indescriptible", repite para adentro. Suelta un suspiro y vuelve a toser para adentro, haciendo un torbellino de sus pensamientos y sacudiendo sus sentimientos.
— Indescriptible —pronuncia, esta vez en voz alta.
Se levanta de su sillón de terciopelo y se dirige afuera. El sol reina desde su imperio, y las nubes le abren el paso a su grandeza, pero no resplandece nada para este muchacho. Compasión da verlo, cómo sigue su rumbo en realidad no teniendo adonde ir.
— Vení a jugar un partido —le llega a su celular el mensaje. Un amigo, observa con aburrimiento. Suena tentador, olvidarse de la enfermedad aunque sea durante un periodo breve con la pelota en los pies y teniendo algo que hacer. Pero se lo piensa dos veces.
"Si voy, luego volveré a casa y seguiré sufriendo por esta enfermedad", piensa. Sabe que al distraerse, cuando vuelve en sí la enfermedad le pesa el doble. Y ya tiene suficiente pesándole como pesa.
— Mejor no —fue su respuesta, también en el celular.
Se sienta en unas de las butacas del parque, y mira para todos lados, sin ver. Si viera, vería a una mujer hamacando a su hijo bebé, a un perro olfateándole el pie a una persona que lee el diario más allá y a un anciano que se sienta con su bastón al costado, al lado de él. Sigue pensando en su enfermedad, pero advierte la presencia del anciano. No se atreve a mirarlo, quedaría descortés, pero lo ve de reojo.
El anciano parece tan debatido como él. Suspira continuamente y mira igual de ido que él a las demás personas. El muchacho se pregunta si ese anciano también padecerá de la enfermedad que en él alberga en su sangre, hasta que piensa que es ridículo, ya que en esa instancia, a esa edad, lo que menos piensa una persona es en un club de fútbol. "Este señor no tiene idea de lo que es la vida", pensó el muchacho, dando otro suspiro. "O quizá este señor sufra porque ya vivió bastante, y yo sufro porque no viví nada...", pensó esta vez. No conocía la respuesta, y sentado allí tampoco la conocería.
Se levantó sin saludar al anciano.
Se dirigió otra vez a su casa, pero sabía que allí no encontraría la respuesta. De hecho, tampoco la cura. No encontraría nada hasta dentro de unos días, ni allí ni en ningún lado. Era una enfermedad que se veía obligado a enfrentar, con la cabeza en alto como cualquier digno bostero. Sabía que su cura pronto aparecería.
Pero pronto es mucho, y mucho es demasiado. No puede esperar. Se sumerge en unos de sus libros más gordos, pero no lo atrae como desearía. No puede escapar a otra vida, porque otra vez tenía esa enfermedad que sólo lo hacía concentrar en la realidad, en nada más que la realidad.
Cerró el libro, frustrado, y se fue a la cama. Durmió sin soñar. Y despertó en esa pesadilla que puede considerarse vida.
Qué tristeza, este muchacho vivirá así hasta dentro de una semana y algo más. El 15 recién aparecerá su cura.
Este muchacho está en ruinas, y mientras escribe esto se desploma en el sillón, dejando que de sus dientes escape otro suspiro.
— Qué locura —dijo en voz alta. A veces hablar con nadie sirve para hablar con todo, y que el todo te conteste—. Estoy suspirando por un deporte.
Una voz chillona en su interior estaba gritándole desde adentro que era más que un deporte, pero él no le prestó atención. Sabía que no podía escuchar a nadie, menos escucharse a sí mismo.
— Sólo me queda esperar a que el 15 aparezca Boca para brindarme vida. —No sonrió, claro, pero de buena gana se habría echado a reír. Sabía que sonaba como un loco.
Es que esta enfermedad, que te carcome por dentro, que te convierte en una ruina hasta el momento que aparece la cura, esa enfermedad llamada bosterismo y que la mitad más uno del país padece, esa enfermedad siempre se hace con él, y siempre se le escapa del alma cuando su Boca desaparece y vuelve adentro suyo cuando Boca aparece, vuelve a su corazón.
Sólo que en el corazón ahora palpita la sangre normal, y la enfermedad se hace con el pensamiento y el sentimiento. Está desquiciado. Quiere que su cura aparezca con la luna otra vez, que vuelva a amanecer dentro suyo.
— Qué locura —dijo en voz alta de nuevo. Le salió otro suspiro, aunque quería reírse. Lo curioso era que esa locura, lo cura. Pensando en ese juego de palabras, suelta otra tos emocional para sus adentros.
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Tose nuevamente. Pero es tos anímica, no se materializa en la realidad, aunque en realidad sí lo hace: se materializa en la realidad de este muchacho. Muchacho de nombre que desconozco. Al fin y al cabo, este muchacho, de corta edad, no cree que tiene un nombre determinado. A él lo llaman bostero, xeneize, hincha, boludo, loco, genio, imbécil, arrogante, y tantos términos que se me escapan de entre los dedos. Él tiene muchos nombres, hasta tiene el suyo propio, pero él se familiariza con el término "bostero". Lo acompañó desde y lo acompañará para siempre.
Este muchacho tose nuevamente. Tose para adentro, no llega a hacerlo en el aire. Con cada estremecimiento a causa de su enfermedad, la cordura se le va debilitando, los ojos se le van dilatando y la sonrisa le va desapareciendo. Es que este muchacho no sonríe ya. Se le congeló la sonrisa. Consecuencia de esa enfermedad, que pocos lo llevan para siempre, ni siquiera él, pero que tantos, tantos lo padecen.
No sabría denominar esta enfermedad. Algunos dicen que es fanatismo, otros que es locura, otros que es amor. Demasiados términos, ninguno acertado. Bosterismo es lo que él siente. Sí. Ese bosterismo que se le va extendiendo, le fluye por las venas como sangre roja, sólo que no llega a ser un líquido como la sangre, ni sólido como el corazón. Tampoco es gaseoso. No es una sustancia, no es un elemento, un material al cual el ser humano se apega. Es... algo más.
"Indescriptible", piensa este muchacho. Y lo piensa, le da vuelta a esa palabra. "Indescriptible", repite para adentro. Suelta un suspiro y vuelve a toser para adentro, haciendo un torbellino de sus pensamientos y sacudiendo sus sentimientos.
— Indescriptible —pronuncia, esta vez en voz alta.
Se levanta de su sillón de terciopelo y se dirige afuera. El sol reina desde su imperio, y las nubes le abren el paso a su grandeza, pero no resplandece nada para este muchacho. Compasión da verlo, cómo sigue su rumbo en realidad no teniendo adonde ir.
— Vení a jugar un partido —le llega a su celular el mensaje. Un amigo, observa con aburrimiento. Suena tentador, olvidarse de la enfermedad aunque sea durante un periodo breve con la pelota en los pies y teniendo algo que hacer. Pero se lo piensa dos veces.
"Si voy, luego volveré a casa y seguiré sufriendo por esta enfermedad", piensa. Sabe que al distraerse, cuando vuelve en sí la enfermedad le pesa el doble. Y ya tiene suficiente pesándole como pesa.
— Mejor no —fue su respuesta, también en el celular.
Se sienta en unas de las butacas del parque, y mira para todos lados, sin ver. Si viera, vería a una mujer hamacando a su hijo bebé, a un perro olfateándole el pie a una persona que lee el diario más allá y a un anciano que se sienta con su bastón al costado, al lado de él. Sigue pensando en su enfermedad, pero advierte la presencia del anciano. No se atreve a mirarlo, quedaría descortés, pero lo ve de reojo.
El anciano parece tan debatido como él. Suspira continuamente y mira igual de ido que él a las demás personas. El muchacho se pregunta si ese anciano también padecerá de la enfermedad que en él alberga en su sangre, hasta que piensa que es ridículo, ya que en esa instancia, a esa edad, lo que menos piensa una persona es en un club de fútbol. "Este señor no tiene idea de lo que es la vida", pensó el muchacho, dando otro suspiro. "O quizá este señor sufra porque ya vivió bastante, y yo sufro porque no viví nada...", pensó esta vez. No conocía la respuesta, y sentado allí tampoco la conocería.
Se levantó sin saludar al anciano.
Se dirigió otra vez a su casa, pero sabía que allí no encontraría la respuesta. De hecho, tampoco la cura. No encontraría nada hasta dentro de unos días, ni allí ni en ningún lado. Era una enfermedad que se veía obligado a enfrentar, con la cabeza en alto como cualquier digno bostero. Sabía que su cura pronto aparecería.
Pero pronto es mucho, y mucho es demasiado. No puede esperar. Se sumerge en unos de sus libros más gordos, pero no lo atrae como desearía. No puede escapar a otra vida, porque otra vez tenía esa enfermedad que sólo lo hacía concentrar en la realidad, en nada más que la realidad.
Cerró el libro, frustrado, y se fue a la cama. Durmió sin soñar. Y despertó en esa pesadilla que puede considerarse vida.
Qué tristeza, este muchacho vivirá así hasta dentro de una semana y algo más. El 15 recién aparecerá su cura.
Este muchacho está en ruinas, y mientras escribe esto se desploma en el sillón, dejando que de sus dientes escape otro suspiro.
— Qué locura —dijo en voz alta. A veces hablar con nadie sirve para hablar con todo, y que el todo te conteste—. Estoy suspirando por un deporte.
Una voz chillona en su interior estaba gritándole desde adentro que era más que un deporte, pero él no le prestó atención. Sabía que no podía escuchar a nadie, menos escucharse a sí mismo.
— Sólo me queda esperar a que el 15 aparezca Boca para brindarme vida. —No sonrió, claro, pero de buena gana se habría echado a reír. Sabía que sonaba como un loco.
Es que esta enfermedad, que te carcome por dentro, que te convierte en una ruina hasta el momento que aparece la cura, esa enfermedad llamada bosterismo y que la mitad más uno del país padece, esa enfermedad siempre se hace con él, y siempre se le escapa del alma cuando su Boca desaparece y vuelve adentro suyo cuando Boca aparece, vuelve a su corazón.
Sólo que en el corazón ahora palpita la sangre normal, y la enfermedad se hace con el pensamiento y el sentimiento. Está desquiciado. Quiere que su cura aparezca con la luna otra vez, que vuelva a amanecer dentro suyo.
— Qué locura —dijo en voz alta de nuevo. Le salió otro suspiro, aunque quería reírse. Lo curioso era que esa locura, lo cura. Pensando en ese juego de palabras, suelta otra tos emocional para sus adentros.
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2 ene 2014
Victoriano Caffarena: La historia del Jugador Número 12
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| Caffarena, el Jugador Número 12. |
Se estipula que el término El Jugador Número 12 hace referencia a la fidelidad inquebrantable de la hinchada durante un partido y a su inacabable aliento que brinda hacia el equipo. Con palabras de amor transmite pasión, sentimiento, fidelidad, y la hace única entre su especie. Es suficiente razón para que se la conociera como el jugador que ningún equipo en el mundo tiene.
Sin embargo, el término de El Jugador Número 12 proviene de hace un siglo atrás. Exactamente, en el 1925. El 5 de febrero de ese año, Boca viajaba a Europa para consolidarse como el primer equipo argentino en realizar una gira europea. Naturalmente, el plantel xeneize se subió a un barco para viajar a su destino, jugadores y dirigentes. Sin embargo, también había alguien más allí. Éste era Victoriano Caffarena.
Caffarena, hincha del club de La Ribera, provenía de una familia con suficiente dinero para que él pudiera realizar el viaje junto al plantel. Y no sólo eso: el hincha aportó económicamente para que se pudiera realizar dicho viaje. Por ello, el plantel no tuvo otra elección que aceptarlo en el barco que transportaría al plantel xeneize.
El viaje duró aproximadamente tres semanas, veintidós días para ser exactos. En este trayecto, Victoriano hizo cuanto estuvo a su alcance para colaborar, aunque sea en la parte médica, al equipo del cual era hincha. Improvisó varias tareas: fue masajista, utilero, consejero con los dirigentes y bromeaba resueltamente con los jugadores. Éstos los consideraban su amigo, tanto fue así que Antonio Cerotti, jugador entonces del Xeneize, lo eligió como padrino para su hijo.
No obstante, en este viaje ocurrió algo que, sin saberse entonces, quedaría en la historia de Boca Juniors. Fue en este viaje en el cual se eligió el término que, tiempo después, calificaría a la hinchada del Xeneize. En el barco se dio el origen al apodo que luego conllevaría la hinchada más reconocida del país argentino, y una de las más prestigiosas del mundo.
Los jugadores, quienes compartían un vínculo especial con Caffarena, lo apodaron El Jugador Número 12, por el esmero de éste con continuamente ayudar en lo que era posible. Primero fue apodo que le concedió un jugador, no obstante el plantel al enterarse de buena gana lo utilizaron para denominarlo. Ahí viene el Jugador Número 12, decían cuando lo veían.
Además, Victoriano encargó a Ítalo Goyeneche y Fernández Blanco componer el himno de Boca Juniors, y fue presidente de la agrupación barrial Amigos de la República de La Boca. Por su vida dedicada al club, en homenaje Alberto Armando le entregó dichoso una plaqueta en que se lo reconocía oficialmente como el Jugador Número 12, ese jugador que ningún otro equipo tenía.
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21 dic 2013
Delirio
Somos hinchas de Boca. Conocemos de locura y de pasión. Sentimos lo inexplicable y vivimos lo increíble. El sentimiento abrasador arde en nuestro interior en su afán por exteriorizarse, impotente nos sentimos y perdidos sin nuestro Boca. Lo buscamos por todas partes, en los diarios, en las noticias, pero no es suficiente. Necesitamos más. Las novedades en el Mundo Boca no nos completa del todo, porque, si bien también forma parte de ser hincha de Boca el esperar la muerte de la eternidad para vislumbrar a nuestro Xeneize, sin ver flamear la azul y oro nuestra vida pierde color, nuestros sentidos se alteran y este latido, este latido adicional que siente cada hincha de Boca, se apacigua y palpita triste, sin vida. A Boca lo vemos en todas partes, en el cielo azul y sus estrellas amarillas, en el brillo del sol y la eternidad celeste oscura, en el mar y el reflejo de aquella luz dorada. Hasta tal punto que esto se vuelve un delirio enardecido. Nosotros que conocemos de locura no soportamos este delirio. Los ojos se nos dilatan, la sonrisa se nos escapa con la desaparición de nuestro soldado azul dorado y no vuelve hasta que él aparece. Esperamos con ansiedad una nueva batalla, en la que nuestro gigante caballero aparezca de entre las sombras e ilumine nuestras vidas con el destello de sus estrellas. Hasta entonces, nuestros días se tornan oscuros, grises, ensombrecidos. Necesitamos a Boca.
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4 dic 2013
Yo sigo soñando
Pero ya no sueño con el campeonato. Yo sigo soñando con Boca. La hinchada de Boca también lo hace. Vivimos en un sueño interminable que nos completa todos los días, y que explota los domingos. Boca es la locura, y el remedio a ella. Boca es la voz con la cual la hinchada canta, los colores son el día y la noche (azul claro en el mediodía, oscuro en la noche; amarillo es el sol durante el día, y amarillas las estrellas que refulgen en el anochecer). Boca nos hace felices, a pesar de que el resultado no. No hay palabras para describir a la hinchada xeneize. Ustedes lo vieron, no hace falta decir más. "Boca es grande por su gente", había dicho hace ya mucho Martín Palermo. "Jugando en River y en la Bombonera, ganábamos dos a cero y la hinchada de Boca se nos caía encima", admitió Ahumada también hace tiempo. La cancha late y todo lo demás se vuelve brumoso: ya no importa el resultado. Futbolísticamente sí, y somos hinchas del fútbol, pero Boca es más importante. Boca es nuestra vida. Boca es nuestra alma. Y que Boca haya perdido, y que se haya despedido del campeonato, sinceramente no tiene importancia. Bianchi ya ganó todo, y muy seguramente ganará más en los años venideros. Y Boca... Boca es el más grande del mundo. El otro día visitaron la Bombonera Nadal y Djokovic, también lo hizo el Flaco Schiavi, y los tenistas se pusieron la camiseta de Boca y se pararon a admirar la belleza del club. Boca es mundial, Boca ya nos hizo felices, y esta felicidad no termina, esto es un libro que no para de escribirse, tiempo que avanza pero no se detiene, día que se esconde pero que vuelve después, noche que brilla histórica. Boca es todo. ¿Y el resultado? Poco más que un número. No tiene valor. Boca sí. Boca, junto a la familia y amigos, es lo que más vale. Sigamos soñando con Boca.
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3 dic 2013
¿Qué es Boca?
Si a Boca lo ponés en un puñado de equipos, no pasaría desapercibido. La camiseta dice mucho, su escudo tiene historia, y su cancha mística. Ves la azul y oro y ya automáticamente sabés que se trata de Boca Juniors, y cuando sabés que se trata de Boca Juniors sabés que se trata de el más ganador del mundo. Uno se imagina a once guerreros sólidos, aguerridos, que dejan la vida por los colores. Pero hay algo que se destaca por sobre todo (títulos, jugadores e institución): la hinchada. Esa hinchada... esa hinchada hizo a Boca grande. Esa hinchada acompañó al más grande a todas partes. Y ojo, que realmente me refiero a todas partes: ¡hasta a Japón! Diez mil hinchas en la otra parte del mundo no es poca cosa, y el dato no lo alcanza ningún club de fútbol, tanto nacional como intercontinental.
La hinchada se excita con facilidad cuando ve sus colores flameando en la cancha. Se mueve inquieta y, sintiéndose impotente en lo que se refiere a expresar lo que siente por su azul y oro, trata de hacer algo que esté a la altura de lo sentido: y alienta, alienta, empuja, empuja, no para, sigue, canta, se tuerce el alma, inclina la cancha, abraza a sus jugadores, besa a sus ídolos, ama la camiseta, traspira locura, siente lo inexplicable. Por ello Boca es más que un club de fútbol.
¿Qué es Boca? Repito la formulada pregunta porque sigo con ese enigma. Uno no puede explicarlo. Boca es la pasión, el sentimiento, Boca es lo que hace que el amor sea para toda la vida, genera amor, delirio, muchas veces insomnio, hipnotiza, trasciende fronteras, contagia romance, excita gargantas, incita a vivir. Boca te vuelve tu esclavo, y uno es un esclavo feliz, contento de la tarea que se le asigna todos los domingos (y no, Boca no obliga a que desempeñes tal tarea: lo hace su historia, lo hace su grandeza, que, a pesar de no hacerlo directamente, hace que te des cuenta de lo que significa).
Boca es esa palabra que uno utiliza para explicar todo lo que siente y, a la vez, son todas esas palabras que a uno no le llegan. Boca es todo, y en todo vemos a Boca. Merodea todos los días en nuestras cabezas, explota en nuestra garganta el éxtasis que se consume durante la semana. Esto es Boca. No pretendo que lo entiendas, y tampoco me importa explicarlo; sólo me interesa sentirlo.
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La hinchada se excita con facilidad cuando ve sus colores flameando en la cancha. Se mueve inquieta y, sintiéndose impotente en lo que se refiere a expresar lo que siente por su azul y oro, trata de hacer algo que esté a la altura de lo sentido: y alienta, alienta, empuja, empuja, no para, sigue, canta, se tuerce el alma, inclina la cancha, abraza a sus jugadores, besa a sus ídolos, ama la camiseta, traspira locura, siente lo inexplicable. Por ello Boca es más que un club de fútbol.
¿Qué es Boca? Repito la formulada pregunta porque sigo con ese enigma. Uno no puede explicarlo. Boca es la pasión, el sentimiento, Boca es lo que hace que el amor sea para toda la vida, genera amor, delirio, muchas veces insomnio, hipnotiza, trasciende fronteras, contagia romance, excita gargantas, incita a vivir. Boca te vuelve tu esclavo, y uno es un esclavo feliz, contento de la tarea que se le asigna todos los domingos (y no, Boca no obliga a que desempeñes tal tarea: lo hace su historia, lo hace su grandeza, que, a pesar de no hacerlo directamente, hace que te des cuenta de lo que significa).
Boca es esa palabra que uno utiliza para explicar todo lo que siente y, a la vez, son todas esas palabras que a uno no le llegan. Boca es todo, y en todo vemos a Boca. Merodea todos los días en nuestras cabezas, explota en nuestra garganta el éxtasis que se consume durante la semana. Esto es Boca. No pretendo que lo entiendas, y tampoco me importa explicarlo; sólo me interesa sentirlo.
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2 dic 2013
No olvidar
Esa es la razón por la cual el hincha de Boca es tan grande: porque no olvida. De hecho, el club es tan grande por esta razón. Que me vengan a mí que los títulos, los partidos agónicos, los jugadores y sus talentos, porque la fuente en la que reside la mayoría de la importancia de los colores no la porta los jugadores, si no la hinchada. Técnicos vimos muchísimos, jugadores ni hablar. El hincha permanece, impasible, siempre en la tribuna, férreo, alienta y empuja, empuja y alienta, de forma incansable, no para.Ahora, ¿y dónde está la otra parte que representa los colores? Porque la hinchada es gran parte de ella, pero no toda. Exacto: en la historia. La historia y la hinchada son los que conforman a Boca, no los jugadores actuales, porque los que están hoy pasarán y muchos no se convertirán en ídolos (o quizá ninguno). ¿Pero cómo se construye la historia? Con títulos, sí. Y los títulos se obtienen con partidos. ¿Y quiénes ganan los partidos? Pregunta tras pregunta tras pregunta. Obviamente, los partidos lo ganan los jugadores en parte; porque sí, de visitante, el hincha de Boca no puede hacer gran cosa, está en casa ajena y es minoría (a pesar de que fuera de la cancha haya una multitud incontable expectante por el resultado). Pero de local, cuando el equipo va a jugar en casa, el que gana el partido es en gran parte la hinchada. "La única hinchada que gana partidos", se presiente oír. Y es que es cierto: la magnitud que desprende estos colores, y la locura que emane de las tribunas azuldoradas, son simplemente inexplicables.
Así que la conclusión es que Boca es grande por su historia y su gente. La fisura en esta conclusión sigue en vilo: ¿quién hace la historia? En parte la hinchada, en parte los jugadores. Y el técnico que pone a estos caudillos, ¿o no es así? Claro, es así, el DT exige a tal y pone en juego la técnica y táctica. Entonces, estos caudillos, estos soldados que tratarán de estar a la altura de la hinchada, dejarán todo en cancha. ¿Qué pasa si estos jugadores se consagran campeones? La hinchada los va a recordar, por más que después de ello se despidan del club. Un título es otra estrella amarilla en el inmenso cielo azul de los hinchas de Boca. ¿Pero qué ocurre si en lugar de despedirse del club, se quedan y se consagran nuevamente campeones? Entonces la cosa va tomando otra matiz, la hinchada ya sienten un vínculo por ellos y se sienten identificados con ellos en cancha. Existe una confianza mutua que une al hincha con el jugador.
Para que esto suceda, el jugador debe tener distintas cualidades, para que el hincha pueda desarrollar este vínculo con él. No necesariamente debe ser talentoso, aunque cierto es que también se necesita que jugadores desempeñen esta característica. Puede ser aguerrido, puede ser inteligente dentro de la cancha, puede ser seguro, puede ser gentil y rápido, o puede conocer lo que significa definir. Y el hincha se identifica con ellos, y, después de títulos y títulos (muchas estrellas en su cielo), empiezan a conocerse como "ídolos". Y al ser ídolos, quedan en la historia del Xeneize. Lo mismo pasa con el técnico, que pone a estos jugadores (es decir, le emite la misma confianza que el hincha), y elige la táctica. El DT tiene tanto que ver como el jugador.
¿Cómo me pueden pedir que critique, aunque sea interiormente, a alguien que forma tanta parte de mi Boca como yo? Directamente no me lo pidan, porque no lo puedo hacer. Carlos Bianchi es ídolo, es historia, y él al igual que yo forma parte de mi Boca. Él le dio estrellas a mi cielo azul. El hincha de Boca razona así, al menos el verdadero, y alienta eufóricamente no sólo esta vez por el equipo en sí, si no por el ídolo que tiene en cancha (Riquelme) y al que tiene en el banco (el Virrey).
No olvidar. Esa es la cualidad más importante del hincha de Boca, de la muchedumbre que integra los colores. Así como lo hace el técnico. Porque él también es Boca, y el hincha nunca, pero nunca, insultó a su Boca. Las buenas ya van a venir, muchachos.
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1 oct 2013
Boca es azul y oro
Es comprensible que los dirigentes quieran comercializar un nuevo tipo de camiseta, que llame la atención, que sea coqueta. Es así como un club se va desarrollando y poniendo a punto con la actualidad.
Ahora, ¿sobrepasarse de esta manera? Boca es azul y oro. Al hincha de Boca le preguntás cuál es la camiseta de Boca que más le gusta y él te va a contestar que la de Quilmes del año 98, probablemente, o quizá la del 2000. O tal vez se vaya más a lo reciente y elija la Megatone del 2007. ¿Por qué? Porque le traen lindos recuerdos, del Boca mundial, de ese Boca que conquistó América y el mundo. Pero, ¿te diste cuenta? Esas camisetas llevaban la azul y oro. Porque azul y oro es Boca.
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Ahora, ¿sobrepasarse de esta manera? Boca es azul y oro. Al hincha de Boca le preguntás cuál es la camiseta de Boca que más le gusta y él te va a contestar que la de Quilmes del año 98, probablemente, o quizá la del 2000. O tal vez se vaya más a lo reciente y elija la Megatone del 2007. ¿Por qué? Porque le traen lindos recuerdos, del Boca mundial, de ese Boca que conquistó América y el mundo. Pero, ¿te diste cuenta? Esas camisetas llevaban la azul y oro. Porque azul y oro es Boca.
¿O mirá si elije la del 78, porque con esa camiseta Boca se consagró campeón del mundo por primera vez? Y fijáte la camiseta de eso entonces: sencilla, sin sponsor, pero siempre azul y oro. Siempre. El hincha de Boca nació con la idea de que esos colores son los que le corresponden al club del que es hincha, esos colores con los que se crió, esos colores que para él, significan "Boca". No hay otros.
Tal vez uno se pueda identificar con la blanca y negra, porque después de todo fue la primera con la que el club jugó. Pero no la usó siquiera un año, porque rápidamente la cambió por una celeste oscura, como si fuese una camisa. Pero en eso entonces Boca era un club más, recién nacía, y la grandeza la acumuló con los años. Boca ascendió en 1912, y en eso entonces los jugadores llevaban la azul y oro.
Y de ahí, el club siempre fue azul y oro. Su historia lo es, su grandeza y su esplendor, sus hinchas son azul y oro, su Bombonera igual. Varallo, Rojitas, Marzolini, Rattín, Mouzo, Mastrángelo, Maradona, Giunta, el Manteca, Román, Martín, Tévez, el Guille, Palacio, el Pato, Córdoba, Battaglia... todos surcaron la historia de Boca con la azul y oro encarnada en su pecho. La azul y oro, ninguna más, ¿ves?
La falta de respeto no radica en cambiar de color la camiseta, porque uno lo puede entender, la alternativa no es la más frecuente con la cual disputa un partido Boca. Pero, ¿una rosada? La violeta ya era un mamarracho. ¿Qué tiene que ver con Boca, el color rosa? ¡Rosa! La negra y blanca, y bueno, fueron los primeros colores del club. ¿Pero rosado?
Los colores azul y oro son Boca. Nuestra sangre esos colores tiene, al igual que nuestro corazón. Nuestra segunda casa, el templo del fútbol argentino, lleva en su esplendor el azul y oro grabado con maña. Y que venga una marca yanqui, y determine que nuestro Boca lleve la rosada, para mí es una falta de respeto. Al hincha, al jugador, al ídolo y al club. Y al fin al cabo, el hincha y el ídolo conforman a Boca. Su historia, su esencia. Historia que se escribe con azul y amarillo. Y quizá también con barro. Pero rosado, para nada...
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10 sept 2013
Adaptemos gestos bosteros
Los gestos bosteros son esos gestos que no cualquier otro hincha puede adaptar. Cuando ganamos, alentamos; cuando perdemos, también. Con fidelidad inquebrantable seguimos al frente y no nos bajamos nunca, porque somos soldados de Boca y por él damos la vida.
Ahora nos toca adaptar gestos bosteros. Tenemos que demostrar, así como lo hicimos con el hashtag #SoldadosdelVirrey que llegó a ser primera tendencia mundial en Twitter, el aguante que le profesamos al técnico más ganador en la historia de Boca. Hay que ponernos al frente de todo lo que está pasando y hacerle llegar al señor Carlos Bianchi que seguimos estando ahí, a su lado, hasta los últimos días en que él pueda dirigir.
El primer paso fue el cántico entonado contra Rafaela en la Bombonera, Que de la mano, de Carlos Bianchi, todos la vuelta vamos a dar..., y estuvo bueno, hicimos saltar La Bombonera de manera tal que Bianchi miró las tribunas y saludó a la hinchada, agradeciéndole de todo corazón.
Ahora tenemos que adaptar actitudes más rústicas. El país está esperando que vacilemos, que le transmitamos nuestras preocupaciones, que caigamos al nivel de los demás equipos (hay quienes hasta entran a la cancha y golpean a sus jugadores)... por eso tenemos que empezar a ser más fuertes, unos con el otro, y solo con un fin: hacer que Bianchi se retire sonriente. Los resultados ya van a venir.
¿Qué recomiendo? Que los que vayan a Casa Amarilla lleven banderas, "trapos", en los que expresen el aguante que le brindan al Virrey. Escriban frases como: "A tu lado siempre, Virrey", o la más popular últimamente: "Soldado del Virrey". Cuando lo vean dentro de la cancha en el entrenamiento, grítenle cosas "dulces", háganle llegar lo que sienten por él (claro, si lo que sienten no es justamente paciencia, tratemos de quedar al margen de esta situación delicada).
Por suerte, esto se está difundiendo y algunos hinchas ya prometen llevar trapos a Casa Amarilla. Como por ejemplo, este:
Esa es la idea. Llevar trapos por el estilo, no hace falta que sea gran cosa, simplemente que tenga una frase de aliento a Bianchi. ¿No te parece justo, teniendo en cuenta todo lo que el Virrey nos dio? Movámonos, empezamos a hacer cosas importantes para el bien del club. Adaptemos gestos bosteros.
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9 sept 2013
Los verdaderos soldados, los verdaderos hinchas
Me levanto del sillón. Mis manos que hasta entonces estaban crispadas del nerviosismo, y repiqueteaban contra el borde del sillón de forma inconsciente, caen al costado de mi cuerpo de manera inerte. El partido terminó. Perdimos tres a cero.
No tiene sentido darle más vueltas al asunto. Me imagino cómo estaría si el partido hubiese sido en La Bombonera y yo hubiese estado en la cancha... Entonces yo no estaría acá, sin sentir, sin ver nada, tratando de volver a la vida tras haber sido golpeado de manera tan brusca, sino que estaría gritando junto a cincuenta mil gargantas, y saltando, y escupiendo locura bostera con cada grito, con cada cántico... Pero estoy acá, y no sé qué hacer. Me miro las manos, sin verlas en realidad, sino pensando en el partido. Tanta desprolijidad, me digo... Miro dentro mío recordando el momento en que salía el Cata Díaz y entraba Gigliotti a la cancha. Defensor por delantero. Habíamos tirado los dados. Bianchi los había tirado, así como lo hizo cuando puso a Matellán para que marque a Figo, en la final de la Intercontinental 2000, contra el mismísimo Real Madrid en suelo japonés. Recuerdo entonces cómo la hinchada de Boca miraba confundida la cabellera nívea de Bianchi, preguntándose en qué estaba pensando... Y recuerdo que fue algo insólito: Matellán no lo dejó pasar a la figura del Real, lo bloqueaba continuamente y terminó ganándose un cántico de gratitud de parte de los hinchas de Boca, cuando antes había quien lo llegaba a insultar. Algo así hizo Bianchi contra Olimpo: arriesgó, estudiando los peones que tenía en el tablero, sabiendo que la Reina -Riquelme- y la Torre/Alfil/Caballo -Gago- no estaban en el partido. Arriesgó mucho, y pagamos caro. Íbamos perdiendo por uno a cero, y Boca achicaba espacios y presionaba, presionaba y presionaba, sin generar juego limpio ni preciso -porque no tenía, entonces, capitán, si bien el que llevaba la cinta era el Cata-, pero en fin: llegaba. Pero el gol no aparecía, y Bianchi, como el hincha, se impacientó. A diferencia del hincha, Bianchi sí pudo hacer algo al respecto. A veces, el que no arriesga, no gana... pero eso no especifica que necesariamente arriesgando vamos a ganar, como de hecho no lo hicimos.
Todo esto pasa por mi cabeza en un segundo. Me siento confundido. Pero la confusión va desapareciendo, y empieza a abrirse paso en mi fuero interno otro sentimiento: la preocupación. Me pregunto si estoy preocupado por los puntos... Me respondo que no, que no lo estoy, si no por algo más importante. A diferencia del domingo pasado, ahora no estoy preocupado por lo que dirán los hinchas del Boca triunfante sin Riquelme, ya que Boca perdió y no jugó Román, aunque tampoco lo hizo Gago. Entonces me pregunto qué será. Es algo similar a esa preocupación... Es haber perdido tres a cero contra el último equipo de la tabla, y con alguien que jugaba. O no jugaba, pero decía quién lo hacía. Ahora lo entiendo: estoy preocupado por Bianchi.
De mala gana, temiendo las críticas del periodismo -ese viejo carroñero que vive de lo más importante- hacia el equipo de Bianchi, prendo la tele y fijo un canal de fútbol. El título dice: Olimpo goleó a Boca. El subtítulo dice: El conjunto Xeneize jugó un mal partido y perdió por 3 a 0 en Bahía. Escucho lo que dice el periodista. Está diciendo lo predecible: el mal juego de Boca y su histórica derrota. Apago la tele, y me voy a dormir.
Hoy me levanto, me pongo la campera y escucho que el noticiero, que está escuchando mi viejo, hace mención de una disputa entre hinchas de Boca mediante la red social de Twitter. Dice que las tendencias más comentadas son: #AndateBianchi y #SoldadosdelVirrey. Me siento entonces triste, pero más siento bronca. Me pongo la mochila y me subo al auto. Voy a la facultad y no presto atención ni un momento, pensando solamente en esta disputa entre los hinchas y en lo que pensará Bianchi de lo que opina el hincha.
Cuando llego a casa, me siento en la computadora y abro Twitter. Veo que las tendencias siguen inamovibles: #AndateBianchi y #SoldadosdelVirrey siguen entre las diez más comentadas de Argentina. Primero abro la primera, claro. Con alivio, veo que la mayoría de tweets son de hinchas de River que cargan a Boca, pero que pocos hinchas de Boca verdaderamente piden el retiro del Virrey.
Abro el segundo, y aparecen todos los tweets de apoyo a Bianchi, haciendo mención a los cuatro torneos locales y cinco internacionales que ganó con Boca. No vuelvo a abrir el primer TT, y trato de hacer de cuenta que no está ahí. Luego de ver todos los tweets de apoyo a Bianchi, me determino para mí mismo que las cosas no cambiaron: el hincha de Boca sigue estando de parte de Bianchi. Porque son sus soldados.
Y es que los soldados de Bianchi somos los verdaderos hinchas. Aquellos hinchas que recordamos de forma vívida la época dorada de un Boca que momentos antes estaba resultando antiromántico, como padeciente de una curiosa enfermedad que por suerte no afectaba a sus hinchas, que seguían alentando a pesar de la década sin triunfos. El verdadero hincha recuerda entonces con vividez aquél Boca del 98, del 99, el Boca campeón del mundo en Japón contra el Real Madrid y contra Milan en Japón. Ese verdadero hincha que agradeció entonces de forma indeclinable y eterna al técnico que sacó de ese pozo tan grasiento e inamovible que parecía devorar al Boca de todos los hinchas de Boca. Tres Aperturas, un Clausura, tres Libetadores y dos Intercontinentales no las gana cualquiera. Y eso el hincha de Boca lo supo, y aunque algunos traten de olvidarlo, lo siguen sabiendo.
Nosotros sabemos quiénes no son los verdaderos hinchas. Y son aquellos que no alientan en las malas, sino que insultan y se quejan de cada error, pasando de largo cada acierto; son aquellos que olvidan con facilidad algo que debe mantenerse en la mente del hincha durante el transcurso de toda la vida.
A esos autodominados hinchas, solo tengo algo para decirles: Bianchi también los sacó campeones de cuatro locales y seis internacionales. Bianchi también les dio sonrisas a ustedes. Bianchi volvió a el club del que ustedes son hinchas, y no porque simplemente le plació, sino porque sabía que lo necesitábamos, y olvidando o pasando de largo aquél pensamiento de inseguridad tras saber que era arriesgado volver a un club donde había ganado tanto, para posiblemente perder aquel éxtasis con derrotas y derrotas. Pero a él no le importó, y volvió. Él hizo, querido hincha de Boca, él hizo que tu capitán, ese capitán que espero que lo consideres como un ídolo -porque ya no sé ni de lo que sos capaz-, hizo que tu capitán volviese. Hizo que Román vuelva. Él se arriesgó mucho por nosotros, y se sigue arriesgando. Así que, te pido que te arriesgues vos también a bancarlo hasta el final, hasta que él solito decida irse porque considere que no puede cambiarle la cara a este Boca.
Hincha de Boca, o así es como te llamás vos, te pregunto: ¿cuántos años tenés? Muchos de nosotros, los verdaderos soldados de Boca, tenemos algún par de décadas, y nosotros vivimos mucho con Boca. Nosotros sufrimos una laguna que parecía indeclinable. ¿Sabés, o te imaginás, lo que sentíamos? Sentíamos que no había vuelta atrás, y que Boca no iba a poder ganar mucho más. Sentimos exasperación, pero seguimos alentando porque así somos, a diferencia de vos. Nosotros alentamos en las buenas y en las malas. Nosotros, sí, nosotros vimos a muchos ídolos y técnicos pasar de largo, subirse al banco del costado de la cancha para bajarse luego. Y sé qué dirás: Bianchi no es Boca, Boca no es un técnico, Boca es mucho más. Es que no entendés, querido hincha resultadista. Nosotros sabemos que Boca no es Bianchi, porque nosotros estuvimos desde antes que Bianchi se subiese al banco de Boca, y nosotros también lo vimos bajarse de ese banco cuando finalmente se subió, como se subió ahora a principio de año. ¿Pero sabés qué, querido hincha de los resultados? Nosotros somos hinchas de Boca, y cualquiera que le haya dado un brillo a Boca, nosotros lo recordaremos y agradeceremos de por vida. Porque nuestra vida es Boca, y Boca no es solo un club. Boca son hinchas, historia e ídolos. Y cuando hablamos de Bianchi, estamos hablando de dos de esas tres características que hacen a Boca. Porque Bianchi es historia de Boca, y también un ídolo de manera innegable.
No creas, querido resultadista, que el verdadero soldado de Boca no se da cuenta de lo que pasa. Nosotros sabemos que Boca no jugó anoche un buen partido, y sabemos que Boca no se puede dar el lujo de perder con un equipo recién ascendido -y último- como lo es Olimpo. Pero también sabemos, resultadista querido, quién es Bianchi. Y como somos verdaderos hinchas, no olvidamos.
El verdadero soldado de Boca está hasta el final, en las buenas y en las malas. Y como Bianchi forma parte de la historia y es ídolo de Boca, es decir que es Boca -como lo somos todos, los hinchas, aunque usted, amigo resultadista, temo que no lo sea-, nosotros también alentamos hasta el final a Bianchi. Porque alentamos hasta el final a Boca.
Espero no haberlo aburrido con mi parlamento. Lo que sucede, señor resultadista, es que nosotros somos soldados de Boca. Verdaderos soldados. Cuando la guerra viene y se nos cierne encima, nosotros nos quedamos hasta el final, no salimos corriendo del peligro. Nosotros enfrentamos el panorama gris, y siempre lo haremos, hasta que las nubes caprichosas se esfumen de nuestro Boca y lo deje tranquilo. Así somos nosotros, los que estamos hasta el final y alentamos hasta que la garganta se nos seque. Así somos nosotros, los soldados de Boca. Los verdaderos soldados. Los soldados del Virrey.
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