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3 oct 2015

Gargantas rotas

Creo que en eso se basa el orgullo de ser hincha de Boca: en las gargantas rotas. Mirá que he visto pobres imitaciones en otras canchas de lo que la hinchada de Boca produce, la furia aquella que escuece en la Bombonera y se hace eco el mundo. Pero nada igual, nada siquiera similar. Las imitaciones fallecen en el punto de inflexión de la realidad. Porque la realidad es que las deidades jamás serán entendidas y el fenómeno que es el hincha de Boca nunca podrá alcanzarse. Inténtenlo, por favor se los pido, para que confirmen mis palabras. Ni siquiera en una final de Libertadores más arreglada que no sé. Los hinchas son fríos y las manos suben y bajan sin emoción, sin vida, como si estuvieran cantando una canción, a pulmón, es cierto, pero sin aquella característica sobresaliente de Brandsen 805, sin aquella entrega y devoción que se detona con cada cántico pronunciado. No es la canción ni las gargantas que la entonan lo que da vida a la mística: es el alma que cada canción y garganta procede a describirse. Porque el hincha de Boca se cansó hace rato de no poder explicar lo que el sentimiento peregrina en su sangre y por eso se desvive por hacerlo allí, en un estadio-templo que es todo para él y le brinda la oportunidad de expresarse. Vení, bostero, enloquecido ser humano compuesto por pasiones inenarrables, vení, parate sobre mis butacas, yo no me enojo, de hecho me gusta, me siento completa, dale, coreá, gritá y rugí. Te juro que es la mejor forma de hacerme vivir y es la mejor forma de vida que conocerás jamás. Las venas quieren explotar pero aguantan, como pueden, allí apretadas, tolerando (sin tolerancia pero consciente de que algunas cosas van más allá del deseo egoísta) el cúmulo de bramidos de batalla y cólera sierva del frenesí. Y un estadio se mueve. Y un estadio hace mover. Las gargantas rotas, gargantas que siguen gritando a pesar de la voz quebrada, porque es irrelevante, porque el unánime himno se escucha con sublimidad. Porque Boca es sublime y porque Boca es todo lo que está bien, lo que nos hace bien y lo que hará bien. Me entristece que muchos son y serán incapaces de entenderlo; realmente me entristece. Siento pena, pero no maligna, sino humana. Pena porque no podrán formar parte de la Bombonera como yo lo hago y pena porque no podrán formar parte de la belleza de vivir. Pena porque son muertos vivos y porque se asesinan a sí mismos en su inquietud por destrozarnos y matarnos a nosotros también. Pero estamos más allá. Más allá de ellos y de todo. Siempre más allá. Siempre más acá. Siempre Boca.


12 jun 2015

DALE BO

Libertad. La conseguimos, la tenemos, somos libres, expulsamos toneladas de pasiones reprimidas, hacemos que viva un corazón desgastado, pisado, gris, coloreamos las venas de ciudades olvidadas, pintamos el cielo que escupe lluvias y repliega tormentas. Respiramos el oxígeno por el que otros pagan, adictos a la locura que no es ilegal, drogadictos de Boca Juniors, la aspiramos a diario, la palpamos en nuestro pecho, nos embriagamos con su imagen. Qué locura todo, qué hermosura es esto. Y las ratas quieren hacerse con las sobras, masticándonos, pero no pueden, porque somos muy grandes, porque estamos más allá de todo, más allá de cualquier cosa que se haya establecido con antelación, más allá de propósitos sucios y mafiosos que manchan historias conmovedoras. Porque Boca conmueve, porque Boca despliega lo que somos, lo que nos compone, Boca es eso que nos hace falta, y lo que nos hace falta es todo, porque el sentido escapa, porque el motivo es incógnita y porque el misterio es rutina. Qué somos, por qué somos, qué seremos. Preguntas gigantes, respuestas de hombros encogidos y ceños fruncidos, divagaciones, eufemismos, nada. Nada es lo que se entiende, nada es lo que se vive. Por eso somos únicos, por eso somos odiados. Tenemos algo por el qué vivir, tenemos un motor que nos lleva adelante, siempre, en las tormentas más grises y en los océanos más profundos. No caemos nunca, la cabeza atraviesa el mar, respiramos profundo, besamos el aire, acariciamos el cielo. Boca, Boca, Boca, cómo te amo, Boca querido, qué bien me hacés, cuánto te necesito, cuánto me das, y gracias, y gracias por tanto, vos sabés que las piedras que tiran no serán capaces de derrumbarte, porque sos gigante, porque sos el templo más magnífico, porque sos la nación más gloriosa, hacedor de felicidades, de vidas, conquistador de latidos, lágrimas, sonrisas, heredero de la eternidad, gloria sos, gloria serás, y siempre iremos de la mano, Boca y el pueblo, el pueblo y Boca, porque somos uno, porque somos una sola canción, una sola pelota que se estrella contra la red y que hace emerger la locura. Necesidad insaciable, lujuria irrefrenable. Que ellos sigan tratando de tirarte abajo, que nosotros te sostenemos. Que vos nos sostenés a nosotros. Que traten, que traten, que traten... Ningún tipo de traje en un escritorio, ninguna firma, ninguna mafia, ningún hincha de Huracán... Nada podrá quebrantar lo que vos y yo tenemos, eso que se agita en la Bombonera con las miles de manos bailando vals, cuando la pelota rueda en el césped, eso que se escupe con cada grito que apuñala el aire en un solo himno inmortal. Dale Bo. Y siempre dale.


28 dic 2014

En el patio de tu casa

Sí, Román, ya sé. Estás cansado de la mierda que gobierna el fútbol. Vos te divertís jugando al fútbol y eso no les gusta a los demás. Ellos quieren que seas esclavo de la plata, que seas una ovejita más, que va y bala (como cualquier oveja) en los micrófonos, vendiendo humo para todos lados, quedando bien con todos los hinchas y con los dirigentes y periodistas. Quieren que seas igual al resto, de esos tipos que pueden ser pesados pero deciden no serlo para no cargar ningún peso en la espalda, de esos que cuando la barra se les arrima sacan del bolsillo la guita y se la entrega con gusto.
Quieren que seas así. Y el hecho de que vayas en contra de todo el repulsivo orden que éstos forjaron hace que te quieran lejos, y como no pueden deshacerte de vos con tanta facilidad, inventan infamias que manifiestan en los micrófonos para hacerte quedar mal y obligarte a que tomes la decisión de irte. ¿Por qué? Porque si vos no te vas, quedás como un boludo que se come el ninguneo de estos giles como inclinando la cabeza obedientemente. Y ellos saben que vos no sos de esos que va a hablar en conferencia y tira mierda para todos lados. Por lo cual, ellos saben que la única opción que te queda es irte. Así ellos te echan del club que "gobiernan".
Sí, Román, ya sé. Estás cansado de todo eso. De tantas vueltas. De tanto eufemismo. Estás cansado de escuchar que si el equipo en el que jugás pierde es por tu culpa y si gana, es por aciertos del técnico. Estás cansado de tener que convivir con el hecho de ser Riquelme, de ser el distinto, el que respeta si lo respetan y que calla cuando no lo hacen y les responde en la cancha. Porque hubiera sido fácil no ser Riquelme, pero vos decidiste serlo, lo decidiste desde el primer día que te pusiste la casaca de Boca, aquella tarde del 96 ante Unión, cuando el periodista te preguntó qué se sentía jugar por primera vez en la Bombonera esperando la cliché respuesta y vos, no obstante, contestaste con una disimulada sonrisa y con suma seguridad: "No es la primera vez, ya jugué en Reserva acá".
Sé que te cansaste de que siempre encuentren una excusa para reprocharte. Si jugaste bien lo que jugaste, te van a decir que jugaste pocos partidos. Si jugaste bien todos los partidos que jugaste y jugaste casi toda la temporada a tus treinta y seis años, te van a decir que entrenás como te da la gana. Y sé que si esto te pasa ahora, cuando estás en Argentinos Juniors, vos sabés que los puñales te cortarán el doble si jugás en Boca. Porque en Boca se agiganta todo. Sobre todo si se trata de un gigante como vos.
"Armonía", dicen. ¿Qué es la "armonía"? Mi concepto es "vivir en paz". Pero al parecer el concepto que sostienen ellos de "armonía" es "hipocresía". Porque a vos no te costaría nada comerte la mentira diaria de la dirigencia, a vos no te costaría nada salir y hablar con la prensa y ser un tribunero, no te costaría nada pagarle a la barra para que cuando un hincha cante por vos en la Bombonera ellos no lo empujen y lo obliguen a cantar otra cosa. Y entonces vivirías "en armonía", como dicen ellos. Pero sabés que no. Sabés que en realidad no es así. Vos hoy estás en paz. Vos estás en paz con vos. Siempre hacés lo que es correcto. Siempre lo hiciste. Y esa verdadera armonía interior que sentís cuando te acostás para dormir, al lado de la mamá de tus hijos, te recuerda que no hay nada de lo cual arrepentirse.
Esa armonía te lo recuerda, y te lo recordamos nosotros, Román, los auténticos hinchas. Fuimos a Don Torcuato e hicimos una caravana por vos, para vos, porque sos Boca y Boca sos vos, y nosotros, ante todo y siempre, seremos devotos de Boca. Cuando te cruzás con uno de nosotros que se queda boquiabierto al verte y saliendo de su trance te llena de elogios y te suplica una foto y te agradece todo lo que hiciste y sos hasta quedarse sin términos para utilizar. Es ahí cuando te das cuenta que hiciste todo bien.
Vos fuiste nuestro sueño mejor, Román. Y sí, ya sé, los sueños más lindos generalmente terminan de manera abrupta y dejando a uno desconsolado. Pero no tiene por qué ser así. No con vos.
El año que viene muere esta dirigencia. La que te hizo mierda. Y nosotros rogamos, con el fulgor de nuestra alma, que sea la salida de esta dirigencia lo que estés esperando para volver.
No sabés, Román, cuánto me duele cuando hablás con distintos medios y te referís a tu vuelta a Boca en forma de técnico o de dirigente. Por un lado me alegra, sí, saber que tarde o temprano vas a volver, pero me duele porque sé que estás dando el brazo a torcer. Dejás que ellos ganen. Porque nos ganaron, Román. Nos quitaron a vos. Nos quitaron al Virrey. Nos quieren quitar la identidad. Pero nosotros, los ilusos hinchas que soñamos con finales felices, divagamos con que te vuelvas a poner los cortos, la casaca azul y amarilla, y seas nuevamente el soldado que nos rescate de toda esta mierda, nuestro único héroe en este lío.
Una única camiseta, teñida de azul y oro. Un escudo con medio centenar de estrellas. Vos. Abriendo el paso. Recorriendo la manga, el túnel. La expectación audible del hincha en las tribunas. Y vos, finalmente, saliendo a la cancha, a la luz del sol, seguido de otros once tipos. Acariciás el verde césped de la Bombonera antes de trotar hacia el medio de la cancha y saludar a todos aquellos delirantes que gritan tu nombre. Ese es mi anhelo. Esa es la perfección.
¿Sabés, Román? Me gusta pensar que todavía estás metido ahí, en la manga que te lleva al Templo. Me gusta pensar que la manga, en este caso, es tu casa, en donde residís ahora, sin ningún destino aparente, morfando asados con amigos y familia y disfrutando de la tranquilidad, oculto del sol. Pero estoy convencido que saldrás de allí. Que nuestro sol te hará brillar otra vez y tu sol nos llenará el alma. Y que terminarás este romance donde comenzó. En el patio de tu casa.



12 sept 2014

El fuego y el hielo

El Monumental es el estadio más grande de Argentina. Redondo, con una pista de atletismo encerrando la cancha de fútbol, con dos bandejas alejadas y recostadas. Fue construido así durante la dictadura militar de 1978, como consecuencia del Mundial que se llevaba a cabo en Argentina. Pintado de blanco y rojo, tiene una estructura sencilla, indudablemente imponente, albergando a más de 75 mil personas.
Y es tan frío...
Podría decirse que se debe a la forma que tiene. Al tener tribunas alejadas de la cancha, el aliento no le llega al equipo. Esa sería la excusa ideal. Pasa que, sin embargo, el estadio incita a desesperarse. Y la gente de River lo hace, siempre que el resultado no es óptimo. Yacer en esa arquitectura simétrica despierta nerviosismo en los hinchas. Gritan insultos, silban, cantan obscenidades hacia su club, exigiendo que las cosas vuelvan a un rumbo positivo, y que los resultados pasen a ser los ideales.
Es increíble que, a la hora de insultar, el Monumental sí se escucha. Una cualidad que sólo el Estadio Antonio Vespucio Liberti tiene. Pero cuando es momento de alentar, de tirar esos cánticos presentes en todas las hinchadas del fútbol argentino, existe un fenómeno pobre. Parecen murmullos. Como un vulgar partido más. Los hinchas se desentienden entre ellos. Técnicamente, por las dimensiones del estadio. No pueden hacer correr la voz y siempre desisten, se rinden ante la intención de gritar de forma unánime y dejan de cantar, se sientan frustrados para ver el partido o permanecen de pie pero sin decir palabra alguna. Algunos pocos entonan y dan vida de forma mísera al susurro casi inaudible en los partidos. Pero en su mayoría, el Monumental es un escenario de frío silencio.
Por otro lado, está la Bombonera.
A diferencia del Gallinero, el templo del fútbol está inclinado hacia la cancha. Tres bandejas erguidas. Muy pocos metros residen entre la cancha y las tribunas. Y eso se siente. Los hinchas están ahí nomás, pasan a ser factor fundamental del resultado final del encuentro, disputan la batalla como un jugador más.
El Estadio Alberto J. Armando fue construido en 1940 por sus hinchas. El apodo que sostiene se debe a su peculiar forma. El arquitecto del templo, Viktor Sulčič, en el día de su cumpleaños, recibió una caja de bombones por parte de una amiga. Sulčič llevaba la caja a las reuniones con el ingeniero Delpini, y los operativos, irónicos, se percataron de que la forma de la caja de bombones era idéntica al estadio que estaban contruyendo (con forma de "d").
Nuestra Bombonera nos enamora a diario. Estando en ella, de lo único que te entran ganas es de saltar, bailar, cantar. Uno se siente parte. Cuando se juega un partido, de alguna forma los cincuenta mil hinchas presentes se ponen de acuerdo y gritan al unísono cánticos lujuriosos. Asimismo, los cincuenta mil bailan un mismo vals, y saltan enardecidos. Los saltos del pueblo se hacen uno, un salto que sacude a Brandsen 805, que hace latir la Bombonera. El estadio que late. Se desenlaza entonces un show inenarrable. Cincuenta mil gargantas al rojo se arruinan, las manos surcan el aire y las banderas abrazan el cielo. El ambiente más pasional del mundo.
Y estamos prendidos fuego. El calor del alma nos abrume. Nuestros corazones palpitan acorde a la Bombonera, y no existe nada más relevante entonces que ser hincha de Boca. El sol esplende amarillo y el cielo lo abraza azul. Nuestros colores están allá arriba. Y la felicidad baila con nosotros.


30 ago 2014

La Bombonera en llamas

Jugaron con nuestro Boca. Lo pintaron de violeta, de rosa, de verde. Dudaron en voz alta si derrumbar la Bombonera, con todo su encanto y carisma, su mística e imponencia, propusieron destruirla, sacarla de raíz, y edificar un estadio mucho más "fashion", con mucha más capacidad, con un diseño europeo y tribunas alejadas. Le dieron vuelta a Riquelme, le cayeron de todos lados, le rompieron los huevos, no lo dejaron ser Riquelme, lo empujaron a irse, por la puerta de atrás. Exigieron a los jugadores que se tiren para atrás, para tener una excusa, una argumentación válida para despedir a Bianchi. También pusieron platita sobre la mesa para que los barras gritaran contra Bianchi, entonasen cánticos resultadistas, silben y hagan sentir al técnico más ganador incómodo y cuestionado. Y así, escupieron a los pies de la identidad de Boca una vez más y pusieron de patitas en la calle al Virrey, cuando él les pidió una oportunidad más ante Vélez, para poder al menos tener la chance de despedirse de la gente, cuestión que prefirió eludir la dirigencia para no arriesgarse a ser ellos quienes terminen sin trabajo.
Cuando anunciaron la salida del técnico en conferencia de prensa, Angelici dejó el micrófono a un lado, se subió a su auto importado y llamó al jefe de la barra. "Vayan a la Bombonera por si hay quilombo", ordenó. Los delincuentes, esclavos de la guita, concurrieron a los alrededores del templo y aguardaron allí por si había alguna insinuación de disturbio.
La guerra va a estallar.
Este domingo, a las 18.15, cuando los once vestidos inmerecidamente de azul y oro ingresen a la cancha, las tribunas se vendrán abajo. No puteándolos, no silbando. Solo gritando: "Angelici, hijo de puta, la puta que te parió". Luego, el rugido teñido de poesía, de agradecimiento hacia el eterno Virrey y rencor hacia los dirigentes: "Que de la mano de Carlos Bianchi, todos la vuelta vamos a dar". Arderá la pasión, la protesta del pueblo. Y cuando la cólera esté indeclinable en las tribunas, cuando la barra de Angelici no pueda establecer orden y toda estructura que se empeñe por derrocar a la mística de Boca quede destruida, se escuchará entonces el alarido unísono, el grito de guerra y de amor que todos estos años se profirió en Brandsen 805: "Riqueeeeeelme, Riqueeeeeeeeelme".
Y entonces sí, la Bombonera estará en llamas.
No habrá nadie ni nada que pueda detenerlos. Los maníacos hinchas de Boca espetarán todo lo que se les encierra dentro, todo lo que amenazaba con explotar en el transcurso inacabable de la semana, algunos se treparán al alambrado y colgarán banderas con escritos que quedarán en la historia. El templo boquense estará más unido que nunca, la barrabrava tratará de entonar cantitos de aliento (toda una paradoja) como sacudiéndose las cenizas de encima y murmurando: "Ya está, arranca un nuevo Boca", pero los hinchas sabrán que no es así, que la cosa no puede quedar así.
Las trompetas caerán al suelo y nadie las volverá a levantar, los bombos caerán por las comisuras de las tribunas y chocarán con el verde césped, para tenderse allí el resto de la eternidad. Sin instrumentos, los delincuentes no tendrán cómo hacerse oír. Y en aquella locura que se expresa en cada rincón de la Bombonera, saben que no pueden ser partícipes. Escapan como las ratas que son, mientras el pueblo sigue tiñendo el Alberto J. Armando de delirio.
"ANGELICI, HIJO DE PUTA, LA PUTA QUE TE PARIÓ", es el chillido unánime. Bengalas esconden a los hinchas en colores azules y amarillos. Gargantas al rojo. Dirigentes con miedo. La bronca de los hinchas auténticos esplende.
Acá está Boca. Los invito a pasar. No se crean lo que dicen: el infierno está encantador.



22 ago 2014

Sismo

Ni el más cuerdo de todos puede ejercer autocontrol cuando se encuentra en la Bombonera, con sus cincuenta mil hermanos, mientras el piso tiembla y toda estructura que te prive de ser lo que sos tambalea insegura. Camiseta con sponsor, con estrellas, con escudo y colores, azules y amarillos éstos, que se desprenden del cuerpo y son zarandeados por una mano encolerizada, que danza junto a miles y miles más, mientras gargantas rugiendo las siguen con indeclinable fiereza, rugen canciones, entonadas con pasión, todos esos sentimientos que uno no podía controlar dentro suyo en tanto la cuenta regresiva, horriblemente eterna, se iba muriendo hasta llegar a ese día, en el cual el sol brilla y se esconde, y la luna se torna amarilla y esplende con entusiasmo, encerrada en el cielo azul que completa el magnífico escenario azul y oro que todas las noches nos imperia desde arriba.

Todos aglomerados, no entra un alma en ese templo, asientos superpoblados y lugares recónditos colmados, cincuenta mil y algo más adentro, millones afuera, gritando junto a los que residen en el estadio. Late Buenos Aires. Late Argentina. Terremotos surcan las rutas y los autos se detienen con desconcierto, las veredas bailan y las personas que se encaminan por ellas saltan sin proponérselo, al igual que lo hacen los veinte millones de bosteros, todos inclinados hacia la Bombonera, en Brandsen 805. 

La gente sale afuera de sus casas para poder observar, alcanzar a apreciar algo que explique la locura que se siente a pesar de que el escenario en donde transcurre la misma esté lejos. Los pájaros intentan cantar pero no se escuchan a sí mismos, ensordecidos por lo exclamado por el pueblo boquense. Todos los habitantes de la sociedad aguardan silencio, mientras la locura xeneize sigue desarrollándose inexorable.

La noche, azul y amarilla, observa todo desde allá arriba. Los mares azules que reflejan la luna amarilla se desbordan e inundan todo lo material de la humanidad, dejando sólo lo inexplicable, lo indescriptible, lo que tiene lugar en el Estadio Alberto J. Armando. Las montañas se derrumban después de milenios y las nubes se abrazan con miedo. Empieza a llover.

Es ahí, en la Bombonera, donde se escucha impertérrito: "Boca, Boca de mi vida", mientras la lluvia sumerge a todo quien se encuentra allí. Veinte millones de corazones expuestos a la luz de la luna. "Vos sos la alegría de mi corazón", prosigue el pueblo más grande del mundo, la nación más hermosa del mundo, la religión eterna que palpita dentro nuestro. "Sabes todo lo que siento, te llevo acá adentro", añaden los últimos románticos, "en mi corazón".

La electricidad se muere. Todo invento humano llega a su fin. Los terremotos cortan la luz y la lluvia implacable inunda las casas de cada integrante de la monótona sociedad; pero los dueños de éstas no se dan cuenta, porque se encaminan hacia la única luz, la única luz que se ve a lo lejos, la única luz del mundo. La noche oscura se confunde con la oscuridad del aire y no hay alternativa: ir allá es lo último que queda. Escuchan a lo lejos, con asombro, el grito del animal más grande del mundo. Algunos vuelven la vista atrás, dispuestos a retroceder, pero al ver la penetrante oscuridad no les queda otra que seguir caminando hacia la luz. Y siguen.

Con cada paso, el grito se va haciendo más grande. Y llega al punto en que es demencial. Los deambulantes contemplan, absortos, lo que parece ser un templo, rodeado por millones de personas, y millones, y millones. Pero éstos no les prestan atención, sino que siguen con la mirada fija en el centro del templo, mientras bramen encolerizados.

La luz que transmitía el estadio fue suficiente para que los deambulantes pudiesen ver un cartel que rezaba, con alegría: "Bienvenidos a La República de La Boca".


18 jun 2014

¿Por qué será?

Sabés, yo a veces me pregunto por qué es que Boca significa tanto para mí. Más allá de todo, más allá de todo lo que siento, trato de buscarle un significado racional al asunto. Me encuentro en un limbo en el cual no puedo pisar profundo y decidir en concreto por qué lado debo inclinarme, si por la pasividad y la aceptación de lo indescriptible, o el empeño y la terquedad de saber qué es.
Bien. Sé lo que es, y sin embargo, no sé cómo describirlo. Lo sé porque lo siento, y lo siento porque soy hincha de Boca, por lo cual podríamos decir que todo hincha de Boca sabe de lo que le hablo. Cuando de explicar lo que ser bostero conlleva se trata, nos parece absurdo el palabrerío infinito que la humanidad creó. No nos sirve. Las palabras son solo otro invento humano. Y alguno dirá que Boca también es un invento humano, y si bien lo es, nadie puede explicar a ciencia cierta el fenómeno que se expresa en las tribunas los domingos en la Bombonera. Qué es lo que nos hace gritar amor aún en el fuego, lo que nos hace gritar calor aún en el hielo. ¿Quién puede decirnos lo que realmente nos sucede?
Desistimos siempre, y lo hago yo nuevamente. El trabajo que tratamos de realizar con el afán de darle un sentido a lo inenarrable es inexorable, y de las comisuras de lo inexplicable no avanza. Nos contentamos con sentirlo. Y cuando nos damos cuenta de lo que somos en ese momento, no le damos más vueltas a la cosa: saber qué es, eso es lo único que importa, y no plasmarlo en el ambiente humano con frías palabras y meros términos. Eso no tiene relevancia. Porque cada uno somos otra cosa. Diferentes. Pero concordamos en algo, que es esencial para nuestras vidas: el bosterismo. Sí. Es ese término el que saco de la galera con la intención de dejar de lado todo aquel embrollo de palabras que, sin embargo, explicaría lo mismo que esa sola. Nada más importa; solo Boca. El fulgor, la adrenalina, la sensación de invencibilidad. El éxtasis permitido, la euforia inconmesurable, el fuego del alma. No importa lo que es; solo importa que existe. Y que lo vivimos. Porque, como dice la canción: "¿Por qué será, que te sigo a todas partes, campeón? ¿Por qué será, que no puedo vivir sin vos?". Esa es la pregunta que nos formulamos. Y, como respuesta, se escucha el verso: "Carnaval toda la vida, el Xeneize es la pasión, si no te veo se me parte el corazón". Sin nada jugado. Solo lo que sabemos.

7 jun 2014

Siempre fuimos Boca

Corría el año 1943. El 10 de diciembre Ferro recibía a Boca en su cancha, en un partido correspondiente al campeonato de entonces. Lo cierto es que al Xeneize se lo veía con cierto temor; no había un alma que no haya escuchado el rumor de la locura del pueblo boquense. Se hablaba de un equipo que tenía más aliento que juego; y eso lo decía todo. Por aquél entonces, el descomunal y colérico espectáculo que brindaban aquellos simpatizantes del club de La Ribera hacía estremecer hasta al anciano que todo había vivido. No había nadie que no pudiera sentir admiración o, más bien, desconcierto hacia aquella muchedumbre. Así que los de Ferro, algo temerosos, concedieron cuatro mil espacios en las tribunas a los dementes que se vestían de azul y amarillo.

Llevaban sombreros en su mayoría; era la costumbre en esa época. Blancos, y de copa baja, con una línea horizontal negra surcándolo alrededor. E iban de camisa, algunos hasta de saco y corbata. En realidad, esto era común entonces, y no había nada de extravagante; pero, si bien aparentaban ser formales y expectadores de un deporte sin más, albergaban en sus corazones un pálpito unánime y diferente: el pálpito bosterista. 


El partido nació con el silbido del árbitro. ¿Cómo terminó? Ganó Boca. No me animaría a decir en concreto por cuánto, porque honestamente, es algo que escapa de lo que sé. Pero nadie le prestó atención al resultado: fue la locura que se desprendía de las tribunas lo que realmente quedó escrito en la historia. Venía, exclusivamente, del sector en donde residían los visitantes. 


Los hinchas de Ferro Carril Oeste miraban, anonadados (y sintiendo el sudor corriéndoles por la frente y bajo la camisa y el saco), la función que concedía la hinchada de Boca. Todos los que estaban en lo que vendría a ser la primera fila de aquella masa encolerizada estaban colgados del alambrado, siendo escoltados por sus hermanos de sentimiento que de la misma forma, y de modo demencial, rugían con las gargantas al rojo vivo. El pueblo boquense se alzaba implacable desde las tribunas. Muchos sombreros blancos cayeron al piso, y allí quedaron sepultados. Los sacos se teñían de tierra en tanto el frenesí que se respiraba hacía revolcar a todo padeciente de aquella escena indescriptible. Pero nada importaba, la suerte ya estaba echada. 

Los que se colgaban del alambrado subieron arriba, y los presiguieron los que venían atrás, colgándose de la misma manera pero en el lado inferior del alambrado. Eran demasiados. Los policías se aglomeraban enfrente de aquél show, pero ¿qué podían hacer ellos? Al pueblo boquense no lo para nadie. En vano intentaron reprimir las fuerzas infernales de la multitud xeneize, mientras que los jugadores se adentraban a los vestuarios impresionados, pero, cuando se dieron cuenta que no podían hacer nada, se hicieron a un lado. "¡Se va a caer!", gritaban por todos lados. Pero era el alarido nocivo de los bosteros quien realmente se escuchaba, impretérrito, indeclinable e inexorable. El alarido del alma. Los fotógrafos concurrían hasta donde la lógica les permitía para congelar ese momento en un pedazo de frío papel. Los locutores de radio enmudecían en tanto, interrogándose a sí mismos cómo explicar lo que estaba sucediendo en ese momento.


Y lo previsible se hizo un hecho: el alambrado cedió bajo el peso de miles de dementes que seguían bramiendo, todos vinieron abajo. Los hinchas de Ferro, que, aún cuando los policías trataban de sacarlos por la fuerza se resistían para contemplar aquella obra del paraíso, exclamaron al unísono un gemido y huyeron pavorosos. Los bosteros, que habían caído a la cancha, se levantaron con indiferencia y excesiva pasividad, ignorando los exclamidos de los policías que intentaban poner órden, se sacudieron los sacos y las camisas, se pusieron sus sombreros y, sin más, se encaminaron hacia la salida.


Al día siguiente, varios países se hacían eco de lo ocurrido en el estadio de Ferro, y El Gráfico (de donde se extrajo la imágen de arriba) expresaba: 

"La muchedumbre de los aficionados boquenses, inquieta y pujante en su algarabía, era como un río que creció hasta desbordarse cuando lo agitó la visión del triunfo definitivo. Ni los agentes de policía pudieron contenerla; este de la foto algo debe haber sufrido".

Porque Boca siempre fue Boca. Y nunca dejó de serlo.

3 jun 2014

Te explico por qué

Cuando hablo o escribo sobre Boca, lo hago con un entusiasmo y desenfreno que hace cavilar a cualquiera al respecto de si están olvidándose de algo en su perspectiva de la vida. Y cuando llegan a la conclusión, tras haber tomado distintas conjeturas, de que así es, me preguntan, algunos con sorna, otros con lisa seriedad: ¿por qué sos tan fanático de Boca? Bien, para responder esta compleja pregunta, me ensimismo en un palabrerío mental que le dé un sentido racional a la cosa; pero claro, es inútil. La ruleta de mi vida consiste en cuestionarme a mí mismo qué significa Boca para mí, y cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que es indescriptible.
Murmuro, como vaga respuesta, un "Porque me hace ser feliz", pero también exigen explicaciones al por qué me hace sentir esto. Yo, rápidamente, relaciono la "felicidad" con sentir orgullo por mi equipo. Siento mucho orgullo, orgullo de haber nacido bostero, orgullo de que moriré bostero, orgullo del destino, o de la casualidad, que me permitieron compartir esto con ustedes, los que están leyendo esto. Así que afirmo, con rotunidad: "Porque me hace sentir orgullo de estar vivo".
Es una réplica un tanto perturbadora, pero no me malentiendan: me da un verdadero motivo, uno que el resto de la humanidad, salvo mis hermanos de sentimiento (quienes comparten esta pasión), ignoran. Así les explico. Y luego agrego lo siguiente.
Yo sé que hay muchos hinchas, de muchos equipos, que asegurarían con solemnidad que sienten lo mismo que yo, o incluso que más. Yo no puedo enfrascarme en una discusión con ellos, porque me resulta ridículo y considero que están en su derecho asimilar que sienten lo mismo. Pero no es así. Mi equipo es diferente al resto.
Será por su historia, sus 18 títulos internacionales, sus 6 Libertadores de América y 3 Intercontinentales. Aquella noche del año 1978, en el que Boca perdió su virginidad intercontinental ante Borussia Monchesgladbach por la Copa Intercontinental que correspondía, en realidad, al año 1977. Luego, a partir del 2000 y poco antes, vinieron todas las copas juntas, y todavía residen allí, en el Museo de la Pasión Boquense. Sus torneos locales, ser el equipo argentino con más consagraciones, haber salido tres veces tricampeón de forma internacional, ser el máximo ganador de la Copa Argentina, el padre de todos los equipos.
Será por su estadio, esa Bombonera que resplandece durante el día y destella por la noche, como un farol que guía a los deambulantes barcos. Ese templo que nació hace 70 años, y que desde entonces, se consolidó como el más apasionante y mítico, que albergó batallas descomunales que impregnaron el aire de pasión y ardúa lujuria, y que late siempre, siempre, hace chico al desconocido e inmenso a su ocupante eterno, osada y voluptuosa, de la cual cientos de cracks futbolísticos opinaron y admitieron la insignificancia que los embragó estando en ella, la dama más linda de todas, magnífica por donde se la vea.
O quizá sea por sus ídolos, aquellos guerreros que perduran en la memoria de todo boquense a pesar de los años, décadas y siglos. Los fundadores de la locura, aquellos que verdaderamente nos representaron como corresponde y dieron todo de sí por la camiseta que nos vincula a todos, los colores azules y amarillos que se irguen en el cielo eternamente. Fueron esos señores que, bañados en barro y sangre, seguían adelante, conquistaron el mundo, ganaron todo, y pusieron a Boca donde está hoy.
Pero para mí, siempre será por su gente. Su gente, la incondicional y eterna fiel. Nunca vas a ver que duda en gritar su cariño, alentar a pesar de las llamas, del hielo, de todo, desgarrándose la garganta desde las tribunas, escupiendo el alma con cada cántico, haciendo vibrar a su compañera Bombonera en el afán de erguir los once soldados que visten la azul y oro dentro del estadio, hacerlos más grandes y majestuosos, y a los que compiten con ellos irrelevantes. La popular, aquella gente que se extiende a lo largo del mundo, que lidera en todas las encuestas (en Francia como la mejor hinchada, en Inglaterra como imposible de no ver, en España como la más original, que se consolidó como la más grande en capacidad del país y del mundo) y que deleita a todo aquél virgen de sentimientos inexplicables que ingresa por primera vez a ese palpitante estadio, sintiendo su aliento inconmesurable en la nuca. Porque fue ella la que siempre estuvo, más allá de los jugadores, dirigentes, ídolos y años. Los árboles genealógicos de todas las familias pisaron aquél templo, y dejaron todo de su sangre, cuerpo y alma en las gradas, con impulso frenético y corazón volcado. La gente que conquistó todo, que hizo que Boca sea lo que es, el recurso más indispensable, lo más grande del más grande.
Esto es Boca. Y es esta respuesta la que tiendo en el aire con cada palabra. ¿Queda alguna duda?



10 may 2014

Quedáte un rato más


No te nos vayas, Diez. Vos sos lo más grande que tiene Boca. Vos sos lo más grande que alguna vez tuvo. Mirá el escudo que portás en tu pecho. ¿Ves las estrellas? No las cosió un tipo; las construiste vos. El hincha lo sabe, el verdadero hincha, ese que te alienta hasta cuando estás roto, que te grita su cariño a pesar de que la tires a la mierda, porque eso no importa, porque el presente es irrelevante. Y sin embargo, irrelevante y todo, vos hoy en día sos el único que juega. Este tipo, el Burrito Martínez, juega de a ratos y corre a las atolondradas, y cobra lo mismo que vos. ¿Cuántos goles metió en el torneo? ¿2, 3? Y vos, que no sos delantero y que jugaste la mitad del torneo, metiste 5. ¿Por qué creés que el hincha te quiere? No te ama por la gloria, por el oro, por haber hecho de Boca un club más grande; después de todo, si así fuera, serías un ídolo más, e ídolos tenemos muchos. El hincha te ama porque vos sos el distinto, ese que en la cancha no es uno más, ese que marca la diferencia, el de los códigos, el que no corre como Messi pero define un partido como ningún otro. Tus palabras nos identifica. Cuando le espetás al periodista "No te gusta hablar de fútbol, ¿no? Hablemos de fútbol", no estás siendo un arrogante de mierda, sino, ese hombre humilde que representa al hincha de Boca, ese que no quiere armar quilombo, no quiere hacer del club de sus amores un cabaret, simplemente quiere ver a su equipo jugar, quiere verlo ganar, quiere salir campeón y que la vuelta que da no se le olvide más. Así sos vos, así somos nosotros. Ningún otro nos representa como nos representás vos. Vos sos Riquelme, el de mirada despectiva con aquellos que se la merecen y sonrisa febril con los justos. Vos sos ese que a un nene de diez años le acaricia del otro lado del alambrado, y que sin embargo termina el partido y se enfrenta a la prensa. Y contáme, ¿por qué la prensa se te tira en contra? Porque vos no das de qué hablar. Sos un tipo sencillo, Román, que no se va a un boliche luego de un partido para garcharse a minitas, que nunca le metió los cuernos a su mujer, que siempre amó a su hijo, que siempre tuvo de amigo a su hermano, sos esa persona chapada a la antigua, que en esta sociedad perdida falta.
¿Sabés, Román, lo que me van a preguntar mis hijos? "Papá, ¿es verdad que vos viste jugar a Juan Román Riquelme?", van a susurrar admirados. Y sí, la respuesta es sí, yo te vi jugar. Y sin embargo, no quiero dejar de verte hacerlo. Esto puede quedar en la nada, porque en este embrollo de especulaciones y verdades, no puedo rescatar ninguna con solidez. Quizás hable al pedo, quizás no te vayas nada, no se te haya cruzado por la cabeza; Dios quiera que así sea. Pero tu hermano se enorgullece de vos con palabras melancólicas, Bianchi guarda silencio diciendo que tiene sus razones (¿será que él, tu papá bostero, ya sabe que no querés seguir, en caso de que no quieras?) y vos pedís 50 camisetas para entregarlas este domingo. Paranoia o no, todo apunta a que te vas. Y no quiero. No quiero que este romance termine, aunque seguirá después de tu nombre. Porque yo seré riquelmista, aún cuando Riquelme no exista más. Aún cuando no existas. Pero ahora existís, ahora sos el más grande, ahora y siempre, y no te quiero perder. ¿Cómo se pueden contener las lágrimas? No te podés ir, Román. El hincha te quiere, el hincha quiere verte seguir. No abandones la batalla, tu papá bostero sigue un rato más, aguantálo, terminá con él, victoriosos o no, quién sabe, pero al menos con la cabeza en alto, y juntos, tomados del brazo como en aquél entrenamiento vespertino, él lleno de gloria, y vos de historia. No te vayas. Quedáte un rato más. El pueblo te lo pide; ese pueblo que está ahí, a tu lado. Mañana, pasado, y el día siguiente. Eternamente, Román. Eternamente con vos.



22 abr 2014

¡Eterna locura!

¡Que no se apague la bengala, señor! ¡Esto no termina acá! Fíjese, el referí pita el silbato, y los jugadores se adentran a los vestuarios, ¡pero la fiesta continúa! ¡Hoy, mañana, siempre! ¡Somos Boca, señor, cante con nosotros! Tome, acá tengo una bengala más, aférrela como si de su alma se tratase, no la suelte por nada del mundo, que entre la oscuridad, esta es nuestra única luz. Observe la luna. ¿No le parece hermosa? La NASA te la pinta de blanco, ¡pero es dorada! ¡Amarilla, bañada en oro, como la franja que surca el campo azul en la camiseta que llevamos ambos puesta! ¿La ve con atención? ¿Se da cuenta de la coincidencia? ¡El cielo es azul, también! Linda combinación, ¿no le parece? Y hasta que la luna ilumine, y el anochecer la custodie, esta locura seguirá inexorable. ¡Álce la bengala, señor, que se va a prender fuego la casaca! ¡Bien en alto! Y ahora, ¿se da cuenta de lo que emana de ella? No es humo, no es ningún producto artificial que padeció ante la mano del hombre... ¡Es nuestro espíritu, nuestro corazón permanente, su palpitar constante, el delirio que perdura! ¿Advierte cómo se adhiere a la oscuridad del cielo, impregnando el aire, estando entre nosotros, obligándonos a hincar la rodilla ante su frenesí? ¡Nos vuelve locos! ¡No la suelte! ¡Agárrela con determinación! ¡Sirvámos a lo indescriptible, que después de estas paredes, nos confundimos entre lo marchito y perdido de la humanidad! ¡Este es nuestro mundo, acá permanecemos! Alce la mirada. Más allá de su bengala. ¿Visualiza a la luna, una pelota amarilla en medio del azul? Y se va deslizando ante la eternidad, ¿lo ve? Se escapa de nosotros, pero vuelve, siempre vuelve. No puede ser de otra forma. Pero, ¡mire bien! Ahora la sustituye otro dios. El sol. Brilla, con más intensidad que a la que sustituyó. Amarillo. Oro. Siempre así. Y el cielo se tiñe de un azul más piadoso, azul francia si quiere llamarlo con criterio. Pero, aún así, los colores se mantienen: azul y oro. Por la eternidad. ¡Su bengala no brilla más! ¡Es el día, el atardecer nos quema el cuello! ¡Las volutas de humo no destellan entre la oscuridad, porque ésta se consumió! El sudor recorre su frente. Siente la garganta seca, de tanto gritar amor, de tanto cantar aliento. Así que, con suavidad, con respetuosidad, quítese la camiseta. ¡Con cuidado, dije! Así, muy bien. Y ahora, con brusquedad pero cariño (contradictorio para quien no sea digno), ¡flameéla! ¡Como si de una bandera de tratara! ¡Representa su latido sentimental, sus emociones inexplicables, ríndale honor! El escudo susurra entre la confusión de colores azules y amarillos. ¡Y dése cuenta de dónde se encuentra parado! ¡Está en la Bombonera! Fíjese la arquitectura, el diseño, el césped verde, los colores, estudie todo, que no se lo olvidará jamás. Esta es su casa, éste es su paraíso. La representación física de sus sentimientos desconocidos e insostenibles. ¡Pero no deje de agitar la camiseta! ¡La fiesta no termina, le dije! Y ahora, si es digno lo verá... ¿Se da cuenta de entre quiénes están? No, no nos encontramos solos... Somos millones. Somos hermanos, familia, sangre compartida, sueños difundidos, miradas cruzadas, pensamientos en segundo plano, sentimientos como escudos. Escuche su corazón. Y ahora, escuche el corazón de todos. Sí, es unísono. Un pálpito cronometrado. Compartimos vida, compartimos muerte. Compartimos todo. Nuestra esencia, nuestra persona. Somos uno afuera de acá, pero todos adentro. Y todos somos uno. Su lugar en el mundo. ¿Es cristiano? No me lo diga, no hace falta. La religión de cada uno de nosotros es irrelevante. ¿Cree en la reencarnación? ¿No? No tiene importancia, porque muertos todos volvemos acá. Todos somos dignos. Advertirá, seguramente, que usted no es el único que sacude su camiseta. Todos lo hacemos. Inclusive yo. Y el sol se esconde, nace el crepúsculo, amanece la noche, la luna se impone, y sus estrellas titilan. Vuelve lo de antes, lo de siempre. Aquí tiene su bengala, permítame que se la prenda. Ahora, álcela bien en alto. Que la bengala acompañe la noche. Y grite. Cante euforia. Este pueblo siempre es feliz. Póngase nuevamente la casaca, con orgullo, bese el escudo, sienta los colores. Y acostúmbrese, que de esto no se escapa. Somos sirvientes, fundamentalistas de lo olvidado, las pasiones desconocidas. Siempre será así. Boca siempre será así. Usted, yo, eternamente así. La muerte es una fantasía. La vida también. Esto es lo único que existe. Y esto, no muere nunca.